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| La
sólida formación avanza con paso lento y seguro.
El estruendo de la artillería se mezcla con el sonido
de los tambores, el desacompasado fuego de arcabuz y las voces
de los capitanes. Los corazones laten aceleradamente ante el
inminente combate. Un proyectil impacta en la reserva de pólvora
de un arcabucero. La explosión destroza al pobre desgraciado.
La suave brisa extiende la humareda y un desagradable olor lo
impregna todo.
Un pequeño grupo se ha adelantado
y se encara de forma suicida con la primera línea de
piqueros enemigos. Un choque violento, algunos hombres caen
o quedan ensartados en las puntas de las picas, pero el resto
no se detiene. A golpes de mandoble y alabarda se abren hueco
en la vanguardia enemiga. De pronto los capitanes apremian a
la formación principal. Se produce una carga. Gritos,
sonido de metal contra metal, alaridos, el fragor de la batalla,
confusión. Una marea de hombres rebasa a la primera línea
en lo que parece una descontrolada embestida. Es el momento
de salvar el pellejo, de conseguir la victoria, de sobrevivir.
Las geométricas formaciones se funden en una informe
melé.
El enemigo vacila, el pánico
y el instinto de supervivencia los hace retroceder. Primero
ordenadamente. Pero la ferocidad del ataque quiebra la voluntad
incluso de los veteranos y se produce la desbandada. Espoleados
por el éxito de la carga, esos soldados de peculiar aspecto
y ataviados con prendas multicolores, se lanzan a la caza de
su botín. Son los lansquenetes alemanes, mercenarios
al servicio del Imperio, respetados y temidos en toda Europa.
Cinco siglos después mi imaginación
ha recreado vagamente lo que podía ser una batalla de
la época. Pero los hombres del siglo XXI, de la tecnología,
de internet, no conocemos en su justa medida lo que aquellos
mercenarios sentían realmente, lo que les impulsaba a
arriesgar su vida por unas pocas monedas, marionetas en manos
de reyes y señores de la guerra que disponían
de sus vidas como el jugador de ajedrez que ofrece sus peones
al sacrificio por obtener ventaja en el tablero. Motivos de
estado o caprichos de tiranos que, incluso hoy en día,
juegan con lo más sagrado que tenemos para conseguir
sus fines. |


Los lansquenetes son originarios de lo que hoy es Alsacia, Baden Wuttemberg
y el Tirol Austriaco, y adquirieron identidad propia bajo el reinado del
Emperador del Sacro Imperio Maximiliano I (1493-1519) y su nieto Carlos
V (1519-59).
A finales del siglo XV las tácticas militares estaban en un periodo
de transición. El auge de las armas de fuego y el creciente protagonismo
de la infantería hacían perder terreno a la que hasta entonces
se había considerado la reina del campo de batalla: la caballería.
Las sólidas formaciones de piqueros, entre los que habría
que destacar a los suizos, apoyadas por el fuego de arcabuces, constituían
un obstáculo casi insalvable para los pesados y orgullosos jinetes.
Europa, convulsionada y dividida, demandaba ejércitos que se pudieran
formar rápidamente y ser utilizados de forma eficaz en los múltiples
conflictos que se abrían continuamente. Los lansquenetes alemanes
cubrieron esa demanda, principalmente sirviendo al Sacro Imperio de Maximiliano,
que fue quien apostó decididamente por estas fuerzas.
En un principio no pasaron de ser una banda de desorganizados mercenarios
que se destacaban por su arrojo y crueldad en el campo de batalla. Nunca
perdieron su condición de tropas a sueldo pero el empeño
de Maximiliano por dotarles de un espíritu de grupo y disciplina
comenzó a dar sus frutos, y pronto se convirtieron en una eficaz
maquinaria bélica. Recogiendo la experiencia de los suizos, sus
costumbres y tácticas los lansquenetes alemanes comenzaron a labrarse
su temible reputación.
Uno de los aspectos más llamativos de estas tropas era su forma
de vestir. Se caracterizaban por la profusión de colores y formas.
El
botín de guerra les proporcionaba la materia prima para confeccionar
sus ropas, no importando ni colores ni formas ni tamaños. Pero
lo que en un principio era una necesidad pronto se convirtió en
moda, transcendiendo incluso al ámbito civil.
En el aspecto puramente militar comentar que el proceso de reclutamiento
e instrucción de los lansquenetes estaba sujeto a una serie de
formalidades. Personas de toda índole y condición acudían
a la llamada de los señores de la guerra, unos buscando la paga
y botín y otros ansiosos de aventuras y gloria. Estaban obligados
a aportar su propio armamento, y, después de ser seleccionados
iniciaban un periodo de instrucción. Llegado el momento se fijaba
una fecha para la parada de reunión, en la que se congregaba todo
el contingente reclutado, y se procedía a informar a los hombres
de sus derechos y obligaciones leyéndoles la llamada “Carta de
Artículos”. Por último todos prestaban juramento y se dirigían
al escenario del conflicto.
Los lansquenetes se organizaban en torno a las llamadas “fahnlein”, compuestas
de unos 400 hombres. Dentro de las fahnlein existían los denominados
“rotten” que eran grupos de diez lansquenetes ordinarios o seis “doppelsoldner”.
Los “doppelsoldner” (o doble paga) eran soldados experimentados, digamos
que la élite del grupo. Por supuesto cada “fahnlein” contaba con
su propia plana mayor a cuyo frente estaba el capitán, seguido
de los sargentos.
Diez “fahnlein” formaban un regimiento, mandado por el “feldobrist” o
coronel. A nivel regimental existían diferente cargos, entre los
que cabría destacar al sargento mayor y al temible “provost”, el
encargado de administrar justicia. 
Los lansquenetes alemanes fueron los precursores del cuadro de infantería,
adoptando en numerosas ocasiones un despliegue esencialmente defensivo,
en el que las picas formaban un muro infranqueable apoyado por el fuego
de los arcabuces. La combinación de ambas armas resultaba difícil
de contrarrestar. A medida que avanzaba el siglo XVI se fue incrementando
el número de arcabuceros. Los suizos, por el contrario, basaban
su poderío en el campo de batalla en el uso de la pica, buscando
con una carga masiva de sus formaciones acortar al máximo la duración
del combate. Pero la limitada utilización de armas de fuego en
su modelo hizo que pronto se vieran superados por las tácticas
de los lansquenetes.
Una de las estrategias más célebres que utilizaban los
lansquenetes para atacar las formaciones enemigas era la de adelantar
una línea de hombres, conocida como "verlorene haufe"
(esperanza desesperada), que armados con mandobles y alabardas intentaban
abrir una brecha que posteriormente pudiera ser explotada por la vanguardia
que les seguía. Esta maniobra, aún siendo efectiva, suponía
un alto coste en vidas, por lo que los elegidos para realizarla eran condenados
que debían rehabilitarse, desafortunados elegidos al azar o voluntarios.
Se les distinguía por una pluma blanca en la boina y por una bandera
roja.
En combate los lansquenetes pasaban por ser valientes, temerarios y crueles,
sobre todo si enfrente tenían a los suizos, para los que no había
cuartel. Pero el punto álgido de rivalidad se produjo entre los
lansquenetes Imperiales y los lansquenetes de la "Banda Negra",
también conocida como "Legión Negra". Los Imperiales
estaban a sueldo del que consideraban su emperador y señor natural,
primero Maximiliano y luego Carlos V. La “infame” Banda Negra la podemos
considerar como una escisión de los originarios lansquenetes Imperiales
y que sirvieron a sueldo de otras potencias enemigas del Imperio, principalmente
Francia. Su origen se remonta a batalla de Rávena en 1512 cuando
el emperador Maximiliano ordenó regresar a Alemania a los lansquenetes
que habían luchado como mercenarios al servicio de Francia. 800
de estos desobedecieron la orden de su emperador, siendo el origen de
la Banda Negra. En su forma de vestir predominaba el color negro. 
Años después, en 1525, en Pavía, las dos facciones
de lansquenetes se encontraron cara a cara en el campo de batalla. Fue
una lucha fratricida entre tudescos. La Banda Negra, al servicio de Francia,
cayó aniquilada por los imperiales en un sangriento combate en
el que los vencedores no tuvieron ninguna compasión con sus compatriotas.
Pavía supuso el punto de partida de la hegemonía militar
española en Europa, que se prolongó por algo más
de un siglo, hasta que España, agotada y mal gobernada, cedió
ante el empuje de la Francia de Luis XIV.
A mediados del siglo XVI el término "landsknecht" empezó
a ser sustituido por el de "kaiserlicher fussknecht" (Infantería
Imperial). Las tácticas militares, un nuevo modelo de ejército
y la falta de cohesión para mantener el espíritu de grupo
hicieron perder protagonismo a estos formidables infantes, que, impulsados
por las nuevas modas, también abandonaron gran parte de su peculiar
estilo en el vestir. Europa dejaba atrás uno de los periodos más
coloristas y característicos que conoció su historia militar.


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