Título viñeta de Rocroi

La sólida formación avanza con paso lento y seguro. El estruendo de la artillería se mezcla con el sonido de los tambores, el desacompasado fuego de arcabuz y las voces de los capitanes. Los corazones laten aceleradamente ante el inminente combate. Un proyectil impacta en la reserva de pólvora de un arcabucero. La explosión destroza al pobre desgraciado. La suave brisa extiende la humareda y un desagradable olor lo impregna todo.

Un pequeño grupo se ha adelantado y se encara de forma suicida con la primera línea de piqueros enemigos. Un choque violento, algunos hombres caen o quedan ensartados en las puntas de las picas, pero el resto no se detiene. A golpes de mandoble y alabarda se abren hueco en la vanguardia enemiga. De pronto los capitanes apremian a la formación principal. Se produce una carga. Gritos, sonido de metal contra metal, alaridos, el fragor de la batalla, confusión. Una marea de hombres rebasa a la primera línea en lo que parece una descontrolada embestida. Es el momento de salvar el pellejo, de conseguir la victoria, de sobrevivir. Las geométricas formaciones se funden en una informe melé.

El enemigo vacila, el pánico y el instinto de supervivencia los hace retroceder. Primero ordenadamente. Pero la ferocidad del ataque quiebra la voluntad incluso de los veteranos y se produce la desbandada. Espoleados por el éxito de la carga, esos soldados de peculiar aspecto y ataviados con prendas multicolores, se lanzan a la caza de su botín. Son los lansquenetes alemanes, mercenarios al servicio del Imperio, respetados y temidos en toda Europa.

Cinco siglos después mi imaginación ha recreado vagamente lo que podía ser una batalla de la época. Pero los hombres del siglo XXI, de la tecnología, de internet, no conocemos en su justa medida lo que aquellos mercenarios sentían realmente, lo que les impulsaba a arriesgar su vida por unas pocas monedas, marionetas en manos de reyes y señores de la guerra que disponían de sus vidas como el jugador de ajedrez que ofrece sus peones al sacrificio por obtener ventaja en el tablero. Motivos de estado o caprichos de tiranos que, incluso hoy en día, juegan con lo más sagrado que tenemos para conseguir sus fines.

Historia de los Lansquenetes

Las figuras y el  modelado

Pintura del Doppelsoldner

Pintura del Lansquenete con abrigo (Fco. J. Ruiz)

Pintura del Lansquenete con abrigo (Rafael Cebrián)

Los lansquenetes son originarios de lo que hoy es Alsacia, Baden Wuttemberg y el Tirol Austriaco, y adquirieron identidad propia bajo el reinado del Emperador del Sacro Imperio Maximiliano I (1493-1519) y su nieto Carlos V (1519-59).

A finales del siglo XV las tácticas militares estaban en un periodo de transición. El auge de las armas de fuego y el creciente protagonismo de la infantería hacían perder terreno a la que hasta entonces se había considerado la reina del campo de batalla: la caballería. Las sólidas formaciones de piqueros, entre los que habría que destacar a los suizos, apoyadas por el fuego de arcabuces, constituían un obstáculo casi insalvable para los pesados y orgullosos jinetes.

Europa, convulsionada y dividida, demandaba ejércitos que se pudieran formar rápidamente y ser utilizados de forma eficaz en los múltiples conflictos que se abrían continuamente. Los lansquenetes alemanes cubrieron esa demanda, principalmente sirviendo al Sacro Imperio de Maximiliano, que fue quien apostó decididamente por estas fuerzas.

En un principio no pasaron de ser una banda de desorganizados mercenarios que se destacaban por su arrojo y crueldad en el campo de batalla. Nunca perdieron su condición de tropas a sueldo pero el empeño de Maximiliano por dotarles de un espíritu de grupo y disciplina comenzó a dar sus frutos, y pronto se convirtieron en una eficaz maquinaria bélica. Recogiendo la experiencia de los suizos, sus costumbres y tácticas los lansquenetes alemanes comenzaron a labrarse su temible reputación.

Uno de los aspectos más llamativos de estas tropas era su forma de vestir. Se caracterizaban por la profusión de colores y formas. El botín de guerra les proporcionaba la materia prima para confeccionar sus ropas, no importando ni colores ni formas ni tamaños. Pero lo que en un principio era una necesidad pronto se convirtió en moda, transcendiendo incluso al ámbito civil.

En el aspecto puramente militar comentar que el proceso de reclutamiento e instrucción de los lansquenetes estaba sujeto a una serie de formalidades. Personas de toda índole y condición acudían a la llamada de los señores de la guerra, unos buscando la paga y botín y otros ansiosos de aventuras y gloria. Estaban obligados a aportar su propio armamento, y, después de ser seleccionados iniciaban un periodo de instrucción. Llegado el momento se fijaba una fecha para la parada de reunión, en la que se congregaba todo el contingente reclutado, y se procedía a informar a los hombres de sus derechos y obligaciones leyéndoles la llamada “Carta de Artículos”. Por último todos prestaban juramento y se dirigían al escenario del conflicto.

Los lansquenetes se organizaban en torno a las llamadas “fahnlein”, compuestas de unos 400 hombres. Dentro de las fahnlein existían los denominados “rotten” que eran grupos de diez lansquenetes ordinarios o seis “doppelsoldner”. Los “doppelsoldner” (o doble paga) eran soldados experimentados, digamos que la élite del grupo. Por supuesto cada “fahnlein” contaba con su propia plana mayor a cuyo frente estaba el capitán, seguido de los sargentos.

Diez “fahnlein” formaban un regimiento, mandado por el “feldobrist” o coronel. A nivel regimental existían diferente cargos, entre los que cabría destacar al sargento mayor y al temible “provost”, el encargado de administrar justicia.

Los lansquenetes alemanes fueron los precursores del cuadro de infantería, adoptando en numerosas ocasiones un despliegue esencialmente defensivo, en el que las picas formaban un muro infranqueable apoyado por el fuego de los arcabuces. La combinación de ambas armas resultaba difícil de contrarrestar. A medida que avanzaba el siglo XVI se fue incrementando el número de arcabuceros. Los suizos, por el contrario, basaban su poderío en el campo de batalla en el uso de la pica, buscando con una carga masiva de sus formaciones acortar al máximo la duración del combate. Pero la limitada utilización de armas de fuego en su modelo hizo que pronto se vieran superados por las tácticas de los lansquenetes.

Una de las estrategias más célebres que utilizaban los lansquenetes para atacar las formaciones enemigas era la de adelantar una línea de hombres, conocida como "verlorene haufe" (esperanza desesperada), que armados con mandobles y alabardas intentaban abrir una brecha que posteriormente pudiera ser explotada por la vanguardia que les seguía. Esta maniobra, aún siendo efectiva, suponía un alto coste en vidas, por lo que los elegidos para realizarla eran condenados que debían rehabilitarse, desafortunados elegidos al azar o voluntarios. Se les distinguía por una pluma blanca en la boina y por una bandera roja.

En combate los lansquenetes pasaban por ser valientes, temerarios y crueles, sobre todo si enfrente tenían a los suizos, para los que no había cuartel. Pero el punto álgido de rivalidad se produjo entre los lansquenetes Imperiales y los lansquenetes de la "Banda Negra", también conocida como "Legión Negra". Los Imperiales estaban a sueldo del que consideraban su emperador y señor natural, primero Maximiliano y luego Carlos V. La “infame” Banda Negra la podemos considerar como una escisión de los originarios lansquenetes Imperiales y que sirvieron a sueldo de otras potencias enemigas del Imperio, principalmente Francia. Su origen se remonta a batalla de Rávena en 1512 cuando el emperador Maximiliano ordenó regresar a Alemania a los lansquenetes que habían luchado como mercenarios al servicio de Francia. 800 de estos desobedecieron la orden de su emperador, siendo el origen de la Banda Negra. En su forma de vestir predominaba el color negro.

Años después, en 1525, en Pavía, las dos facciones de lansquenetes se encontraron cara a cara en el campo de batalla. Fue una lucha fratricida entre tudescos. La Banda Negra, al servicio de Francia, cayó aniquilada por los imperiales en un sangriento combate en el que los vencedores no tuvieron ninguna compasión con sus compatriotas. Pavía supuso el punto de partida de la hegemonía militar española en Europa, que se prolongó por algo más de un siglo, hasta que España, agotada y mal gobernada, cedió ante el empuje de la Francia de Luis XIV.

A mediados del siglo XVI el término "landsknecht" empezó a ser sustituido por el de "kaiserlicher fussknecht" (Infantería Imperial). Las tácticas militares, un nuevo modelo de ejército y la falta de cohesión para mantener el espíritu de grupo hicieron perder protagonismo a estos formidables infantes, que, impulsados por las nuevas modas, también abandonaron gran parte de su peculiar estilo en el vestir. Europa dejaba atrás uno de los periodos más coloristas y característicos que conoció su historia militar.

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