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Acaso por la fecha tan fácil de recordar (333 a.C., el número más fácil
de la historia) o quizá por haber sido maravillosamente inmortalizada
en uno de los mosaicos más espléndidos de la antigüedad, la batalla de
Isos es conocida incluso por aquellos que sólo tienen nociones mediocres
acerca de la historia antigua.
En cambio, son menos conocidas algunas singulares circunstancias de
esa batalla.Empezando por los prolegómenos.En efecto, el primer día (era
a principios de Noviembre) los dos ejércitos, que marchaban respectivamente,
el macedonio hacia el Este y el persa hacia el Oeste, se habían pasado
casualmente el uno al otro, sin encontrarse.Sólo las retaguardias entraron
en contacto, al azar, cerca de Isos, donde se levanta actualmente la ciudad
de Alejandría, y tocó a los macedonios la peor suerte.De manera tal que,
para disponerse las tropas unas frente a otras, los dos ejércitos debieron
ejecutar una complicada maniobra de atrás hacia adelante.Con todos los
riesgos que esto podía implicar, sobre todo para una formación lenta y
embarazosa como la persa, que (y he aquí otra circunstancia curiosa )
estaba constituida esencialmente por griegos.
Por
consiguiente el gran choque entre "civilización y barbarie" enfrentaría
a griegos por un lado, con griegos por otro. Pero mediaba una diferencia
considerable: guiaba a los griegos invasores un joven genial, dinámico,
valeroso hasta la temeridad; los griegos mercenarios se hallaban agrupados
al mando de un soberano mediocre, vacilante, miedoso hasta lindar en la
cobardía. No obstante la estrategia superior de Alejandro no resultó decisiva
para la victoria macedonia.Antes, tras algunas horas de furiosas refriegas,
los mercenarios griegos que estaban al servicio de los persas lograron
introducirse en el centro de las filas macedonias, y Alejandro, que se
encontraba a la izquierda, a la cabeza de la caballería, debió acudir
velozmente para taponar la brecha. Pero al hacerlo dejó desguarnecido
el flanco izquierdo, que corrió el riesgo de ser arrollado por los persas.
Fue en este momento cuando, inesperadamente se produjo el vuelco decisivo,
presa del pánico, el Rey Darío, que estaba venciendo y no esperaba este
cambio de suerte, decidió salvarse dándose a la fuga de una manera tan
precipitada que olvidó en el campamento a su familia entera, inclusive
a su esposa e hijos.
Al quedar sin jefe, el orden de batalla persa se deshizo literalmente
y los macedonios hicieron estragos en él. Sólo los mercenarios griegos
conservaron la sangre fría y se replegaron ordenadamente, poniéndose a
salvo.
La batalla de Isos facilitó el camino a la conquista de Alejandro, demostrando
que era el más fuerte y también el más afortunado por haber encontrado
un enemigo de tan poco mérito y que tan fácilmente le había resultado
vencer.

© Pedro
Adolfo Rodríguez Díaz. Noviembre 2001

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