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Batalla librada el 1 de octubre del año 331 a.C. en la llanura de Gaugamela,
cercana a las ruinas de Nínive y distante unos 100 kilómetros de Arbela
(actualmente Irbil, Irak), a orillas del río Bumodos, entre las tropas
de Alejandro Magno y un impresionante ejército persa (entre 400.000 y
un millón de hombres, dependiendo de las fuentes) al mando de Darío III
Codomano. Pese a la aplastante superioridad numérica de las tropas persas,
el brillante general macedonio infringió una decisiva derrota a Darío
III, el cual huyó en pleno fragor de la batalla, dejando atrás prácticamente
todas sus pertenencias y posesiones más valiosas. Tras la batalla, Alejandro
Magno conquistó con suma facilidad las ciudades principales del Imperio
persa, liquidando de una forma efectiva dicho imperio, consiguiendo además
abrir las puertas hacia los inmensos territorios del este.
Antecedentes
Al poco tiempo de la batalla de Granico, en mayo del año 334 a.C., murió
el mejor general persa, el general Memnón, lo cual supuso un golpe irreparable
para el ejército de Darío III. En la primavera del año 333 Alejandro levantó
sus cuarteles de invierno y continuó con el objetivo que se había propuesto
cuando salió de tierras griegas: la conquista total de Asia, para lo que
antes se propuso y consiguió hacerse con el control de todo el levante
mediterráneo, para dificultar cualquier punto de apoyo al rey persa, a
lo que también se sumaba el total aislamiento de Egipto con Persia.
Decidido Alejandro a aplastar a su enemigo, se puso al frente de su ejército
de hoplitas, al igual que hizo su enemigo Darío III, pero con la diferencia
de que éste último logró reunir un enorme número de contingentes, reclutados
desde todas las partes de su inmenso Imperio con la única misión de frenar
la expansión del joven rey macedonio.
La
primera batalla campal entre ambos ejércitos se desarrolló en noviembre
del año 333 en la localidad de Issos, importante puerto meridional del
Asia Menor cercano a Cilicia. Este lugar fue elegido por el propio Darío
III, en contra de la opinión unánime de sus generales que preferían hacer
frente al macedonio por mar, para así evitar el desembarco tranquilo de
las tropas macedonias en el continente. Además, la elección no podía ser
más desafortunada, pues el ejército y la caballería persa no tenían la
menor posibilidad de desplegarse con soltura en una llanura tan estrecha,
limitada por el mar y por la montaña. A pesar del ardor y del coraje de
la caballería (orgullo y élite de las tropas de Darío III), la superioridad
táctica y de maniobra del ejército macedonio fue total e incuestionable,
como anteriormente ya había demostrado en la batalla de Granico. La batalla
en sí apenas resultó ser un encuentro o escaramuza, ya que cuando Alejandro
Magno se disponía a realizar el primer ataque, Darío III emprendió la
huida, abandonando a sus soldados en plena refriega cuando se percató
del desastre evidente y general de sus tropas, muy numerosas pero totalmente
maniatadas. El pánico se apoderó de toda la caballería persa la cual,
en su retirada, y preocupada por salvar su vida, aplastó a su propia infantería.
Darío III aprovechó tal circunstancia para huir lo más rápidamente posible
de aquella ratonera. Alejandro Magno salió en su persecución sin resultado
alguno.
El rey macedonio logró en Issos su más brillante victoria hasta el momento.
Había derrotado al altivo rey persa en su propio territorio, humillándolo
con su acto de retirada en la que dejó, aparte de los atributos reales
y las insignias de su poder real, un cuantioso botín en el que se incluía
a todos sus servidores, su esposa Estateira, su madre Sisigambis, a dos
de sus hijas y a su hijo pequeño, prisioneros que el macedonio trató con
el mayor de los respetos. Darío III escribió varias veces a Alejandro
Magno pidiéndole la devolución de sus familiares, al tiempo que le ofrecía
tratados de paz, a lo que Alejandro Magno se negó altivamente, sabedor
de sus fuerzas y de la propia debilidad interna del Imperio persa. Darío
III llegó a ofrecerle la suma de 10.000 talentos de oro, el Asia Anterior
hasta el río Éufrates y la mano de una de sus dos hijas. Alejandro Magno
respondió a Darío III que mal podía ofrecer unos territorios a un hombre
que había conquistado todos. En cuanto al matrimonio, parece ser que Alejandro
Magno profirió las siguientes palabras: "¡si quiero casarme con tu hija,
lo haré, quieras o no!".
Ningún rey de Persia fue humillado tanto hasta entonces como lo fue Darío
III, quien juzgó que dada su situación, la cual no podía ser ya peor,
su única salida era la de reanudar la guerra con el insolente macedonio,
con la que podía sacar alguna ventaja. Gracias a que todavía poseía inmensas
reservas de oro depositadas en Damasco y algunos generales de los que
lograron escapar a Issos, Darío III comenzó a reclutar nuevas tropas al
este del Éufrates entre los millones de súbditos que aún obedecían al
menor de sus mandatos.
La conqusita de Fenicia y Sagunto
Alejandro Magno se enteró rápidamente de las maniobras de levas que el
rey persa estaba realizando, pero le dejó hacer. A primera vista, tal
decisión parecía un error táctico de primera magnitud, toda vez que el
macedonio tenía la oportunidad de conquistar todo el Imperio persa sin
necesidad de luchar. Sin embargo, Alejandro Magno no se apartó un ápice
de su plan primitivo de apoderarse de toda la cuenca oriental del Mediterráneo,
máxime cuando le llegaron noticias de una posible rebelión griega alentada
por la flota persa, la cual se estaba aprovechando de la larga ausencia
del rey macedonio. Por todo ello, antes de ir directamente contra Darío
III, Alejandro Magno decidió someter la región de Fenicia, principal base
naval aqueménida. La primera ciudad en caer fue Sidón, a la que siguieron
otras ciudades importantes, como Biblos y Arados. Alejandro Magno consiguió
poner las flotas de Rodas y Chipre a sus órdenes. En cambio, Tiro le opuso
una feroz resistencia, aprovechándose de su situación insular, lo que
la hacía inexpugnable. Alejandro Magno llevó a cabo un sitio feroz de
la ciudad que duró siete meses, desde febrero a agosto del año 332, en
el que las tropas macedonias sufrieron un importante número de bajas y
un desgaste excesivo.
La caída de Tiro fue muy importante para Alejandro Magno por varias razones:
primero, por lo que dicha ciudad representaba para los persas, pues con
su destrucción dejaba prácticamente sin bases a la Armada aqueménida de
la zona; segundo, porque Alejandro pretendía atraer a su causa a la flota
fenicia, que constituía la mayor parte de la Armada persa, y así, de esa
forma, los que esperaban una rebelión griega tenían que descartar cualquier
tipo de ayuda proveniente de Oriente; tercero, con la caída de Tiro Alejandro
completaba su supremacía obtenida en tierra firme; y cuarto, porque el
derrumbe de Tiro significaba la escena final de la lucha secular que venían
sosteniendo fenicios y helenos por el dominio de la cuenca mediterránea.
La destrucción de la gran ciudad mercantil abrió el camino al triunfo
de la cultura helenística sobre el mundo semítico.
Antes de adentrarse definitivamente en Asia, a Alejandro Magno solamente
le quedaba ocupar la costa egipcia. Con la posesión de Egipto, el rey
macedonio colocaba la piedra clave de su poderío y dominio absoluto sobre
el Mediterráneo oriental.
Tras conquistar la ciudad fortificada de Gaza, la cual le opuso una seria
resistencia (aunque prontamente vencida), Alejandro Magno entró en Menfis
en el otoño del año 332. La toma de la ciudad supuso una auténtica alegría
para el pueblo llano, ya que consideraba a Alejandro más como un libertador
del yugo persa que como un mero conquistador. El rey de Macedonia supo
ganarse el aprecio del pueblo egipcio al respetar su religión, hasta el
punto de que llegó a hacer sacrificios al toro sagrado Apis, encarnación
viviente del dios Path. Un hecho notable de esta campaña fue su visita
al oráculo de Amón en el oasis de Siwah, en pleno desierto, en el que
los sacerdotes le otorgaron el título de hijo de Amón, dignidad sólo reservada
a los faraones, a lo que se añadieron una serie de manifestaciones divinas:
Zeus hizo caer lluvia benéfica y unos cuervos hicieron de guías a la pequeña
tropa extraviada por el desierto. Para completar la conquista, Alejandro
fundó una ciudad nueva en el delta del Nilo: Alejandría, futura capital
de Egipto.
Después de la partida de Alejandro Magno, el país fue confiado en teoría
a un gobernador egipcio, pero en realidad el poder militar y económico
fue confiado a griegos y macedonios.
Preliminares de la batalla
Tras su derrota en Issos, Darío III consiguió ponerse al mando de un
formidable ejército. Así, congregó cerca de 500.000 hombres de a pie y
45.000 de caballería, entre los que se incluían los famosos soldados de
la caballería bactriana y los jinetes acorazados escitas, procedentes
de las estepas del Asia Central. Para darle aspecto más terrorífico, Darío
III dispuso una vanguardia de 15 elefantes traídos expresamente de la
India y 200 carros de combate, tirados por cuatro o dos caballos y conducido
por un solo auriga, con ambas ruedas guarnecidas de haces preparadas para
segar líneas enteras de la formación enemiga. El impresionante ejército
persa lo completaba un grupo selecto de infantería persa, constituida
por leales y espléndidamente pagados mercenarios griegos, y la propia
guardia real de Darío III, de brillante trayectoria y fama militar.
Con
este ejército tan voluminoso, Darío III se dirigió hacia el norte, partiendo
de Babilonia, tras lo cual pasó a la orilla izquierda del río Tigris para
proseguir su camino hacia la ciudad de Arbela (ciudad de los cuatro dioses),
donde estableció sus almacenes y su harén. Desde allí continuó en dirección
a Gaugamela, en la ribera del Bumodos. Darío III, aprovechando la lección
de Issos, eligió una vasta llanura de la zona para que facilitase los
movimientos de su caballería y, sobre todo, el uso de sus carros con hoces,
lo cual acabó siendo fatal para sus planes de batalla, ya que sus movimientos
se vieron muy limitados y supeditados al terreno, lo que permitió a Alejandro
Magno variar sus ataques en plena batalla y desbaratar la estrategia persa.
Alejandro, procedente de Tiro, llegó a las inmediaciones del Éufrates,
en Tampsaco, a comienzos del mes de julio, tras de lo cual, sin resistencia
alguna, se dispuso a cruzarlo, al igual que hizo después con el Tigris,
con un ejército de 40.000 hombres de infantería y 7.000 de caballería.
Darío III, como ya hemos referido anteriormente, decidió jugarse la suerte
del envite en un terreno liso elegido por él mismo, con un ejército en
el que puso todas sus esperanzas por el gran número que lo componían.
El 20 de septiembre Alejandro Magno se hallaba con su ejército descansando
en la orilla oriental del Tigris. Unos días más tarde el macedonio se
dispuso para la batalla, no sin antes hacer que sus exploradores le informaran
de los movimientos de las tropas de Darío III, por lo que organizó una
fuerza de caballería veloz con la que se adelantó rápidamente hacia la
posición del enemigo, tras haber ordenado al resto de su ejército que
lo siguiera en marcha ordinaria. Gracias a la captura de unos prisioneros
persas, Alejandro Magno supo que Darío III se hallaba en Gaugamela y que
estaba nivelando el terreno de la batalla. Entonces, Alejandro Magno mandó
descansar a su ejército durante cuatro días al tiempo que fortificaba
un campamento con fosos y estacadas alrededor. A la cuarta noche, en el
transcurso de la segunda guardia, Alejandro Magno levantó el campamento
y cruzó el Tigris en dirección a su oponente para poder enfrentarse a
él al amanecer. Al llegar a unos 5 kilómetros de distancia de las tropas
enemigas, Alejandro detuvo la marcha para celebrar un consejo con sus
generales. Por consejo de su segundo, Parmenio, Alejandro mandó acampar
allí mismo y reconocer el terreno y al enemigo, mientras que también se
fortificaba el campamento. El joven general macedonio, acompañado de un
reducido grupo de caballería y de sus compañeros (los famosos homoi),
observó in situ el terreno en el que iba a celebrarse tan decisiva batalla.
A su regreso, volvió a convocar una nueva reunión en la que descubrió
las tácticas a adoptar en la batalla, recalcando la necesidad de una concienzuda
ejecución de las mismas para vencer a un ejército diez veces más numeroso.
El 30 de septiembre, la noche antes de la batalla, y cuando Darío III
estaba celebrando una especie de fiesta militar, los soldados de Alejandro
descasaron. Parmenio intentó aprovechar la situación, por lo que propuso
a Alejandro Magno un ataque nocturno, pero éste rechazó de plano la idea.
Sus planes eran descargar un golpe decisivo durante la batalla, el cual
no podía llevarse a cabo durante la noche cerrada.
La batalla de Gaugamela
Darío III utilizó la llanura de Gaugamela como si se tratase de un inmenso
terreno de maniobras, en el cual colocó a su ejército en el siguiente
orden de batalla: el ala izquierda formada por la caballería bactriana
y, junto a ella, la tribu de los dahaus (tribu escita) y los de Aracosia,
seguidos a continuación por los persas (infantería y caballería mezcladas),
los susianos y los cadusianos; el ala derecha lo formaban las tropas de
la Siria baja y de Mesopotamia, con los medos, partos, etc.; en el centro,
donde se hallaba el propio Darío III con su carro, estaban formados los
persas propiamente dichos, los arqueros y una vanguardia de 50 carros
con guadañas y los elefantes, conformando la línea de choque más profunda
del ejército persa; y por último, y a la vanguardia del ala izquierda,
figuraba la caballería escita y unos mil jefes bactrianos y un centenar
de carros con guadañas, mientras que en el ala derecha estaba la caballería
de Armenia y de la Capadocia, más cincuenta carros.
Por su parte, Alejandro Magno desplegó su ejército de un modo muy distinto,
no sólo por la gran diferencia numérica, sino también por su propia concepción
militar y estratégica. El ala derecha estaba formada por los compañeros,
los hipaspistas y, probablemente, tres taxeis de la falange. Hacia la
derecha se hallaba el escuadrón real de Clito; un poco a su izquierda,
los escuadrones de Glamias, Sópolis, Heráclides, Demetrio, Meleagro y
Hageloco. El total de la caballería se hallaba bajo el mando de Filotón,
hijo de Parmenio. A continuación, venían la Agema y los hipaspistas, bajo
el mando de Nicanor. La falange iba ordenada como sigue: la brigada de
Como, a la derecha; luego las de Pérdicas, Meleagro, Polisperchón, Simmias
y Crátero. Como de costumbre, Crátero mandaba la infantería del ala izquierda.
También en dicha ala se encontraba la caballería griega, bajo Eriginio,
y la de Tesalia, bajo las órdenes de Filipo. Toda el ala izquierda iba
mandada por Parmenio, a cuyo alrededor se alienaban los jinetes de Farsalia.
La novedad de Alejandro se basó en aplicar una segunda línea de refuerzos
detrás de la línea frontal para duplicar a su falange, dejando así un
espacio vacío entre ambas. Esta segunda línea de reserva consistía en
dos columnas volantes, una tras de cada ala, colocadas formando ángulo
con el frente, a las que Alejandro cursó orden de que en caso de ataque
lateral, realizaran un movimiento oblicuo para parar al enemigo. Si tal
cosa no sucediese, su misión era la de replegarse al centro para reforzar
el frente. Esta segunda línea estaba compuesta de ilirios, mercenarios
griegos y tracios.
Antes de entrar en batalla, Alejandro dio otra orden más: Menidas, al
frente de la unidad de flanqueo de la derecha, tenía que derivar hacia
la derecha y cargar contra cualquier unidad de caballería enemiga que
pudiera intentar rodear el ala derecha. El resto de las órdenes por parte
del macedonio fueron de tipo general, pero imprescindibles a la hora de
llevarlas a rajatabla: que cada hombre mantuviese su posición, permaneciese
en absoluto silencio durante el avance y que diesen un grito conjunto
sólo en el preciso momento de atacar; que cada mando intermedio recibiese,
transmitiese y ejecutase cada una de las órdenes recibidas; y, finalmente
y más importante, que cada hombre cumpliese con su deber.
Conocedor del dispositivo de Darío III, Alejandro Magno dejó la impedimenta
en el campamento que había utilizado la noche previa bajo la custodia
de parte de la infantería tracia, tras lo cual desplegó a sus hombres
en formación de combate en las laderas descendentes de las colinas, algunas
horas después de que lo hubiesen hecho las tropas de Darío III, aumentando
así el tiempo en que sus enemigos permanecieron armados y formados. Cuando
llegó lo suficientemente cerca como para distinguir a Darío III y la disposición
de las unidades enemigas, Alejandro Magno cambió repentinamente la dirección
de su marcha, haciendo que toda su fuerza se desplazara hacia el ala izquierda
del enemigo. Conforme el ejército macedonio se aproximaba al persa, con
su parte derecha avanzada y su izquierda rezagada, a modo de cuña, tal
como inventó el general estratega griego Epaminondas, la respuesta lógica
de Darío III fue la de extender su línea de vanguardia en dirección al
ala derecha enemiga; pero, al disponer de menor capacidad de maniobra
debido a lo profundo de su formación, se movió con una gran lentitud,
excepto el frente de la caballería escita, que se apresuró a entablar
combate. Alejandro Magno siguió su avance oblicuo hasta que logró situarse
más allá del terreno nivelado previamente por los persas para los carros.
Deseoso de mantener a Alejandro Magno dentro del alcance de éstos, Darío
III ordenó que la caballería de su ala izquierda avanzase para rodear
el ala derecha de Alejandro, quien reaccionó con prontitud mandando a
Menidas que cargase contra las primeras tropas que iban a rodearlo. El
contraataque macedonio fue rechazado por los Escitas y bactrianos, pero
Alejandro volvió a demostrar una gran rapidez de reflejos y de visión
del combate, ordenando a los peonios de Aristón y a los viejos mercenarios
griegos de Cleandro un ataque con el objeto de extender su ala derecha,
tal y como había previsto que sucedería. El general persa Besso mandó
hacía ese lugar fuerzas de refresco compuestas por el resto de los jinetes
bactrianos y escitas, los cuales rompieron las filas de los compañeros
de Alejandro, causando graves pérdidas, puesto que los caballos escitas
estaban mejor protegidos por una armadura defensiva. A pesar de ello,
la disciplina y el orden demostrado por los macedonios en su repliegue
posibilitó que éstos se volviesen a reagrupar en perfectos escuadrones
que acabaron por romper las líneas enemigas. A su vez, Alejandro Magno
siguió inexorable en su avance hacia la derecha, provocando que cada vez
más tramos de su línea quedasen fuera del alcance del terreno preparado
y, por lo tanto, de los peligrosos carros con guadañas.
Darío III, cada vez más alarmado por el desarrollo del combate, decidió
lanzar sus tres grupos de carros para sembrar el desorden en la falange
macedonia, pero al aproximarse éstos fueron recibidos con una nube de
jabalinas y de flechas de los agrianos y de los de Bacro, situados ahora
delante de la caballería de los compañeros, que acabaron por desmontar
a la mayoría de los aurigas y mataron a un gran número de caballos; otros
carros no causaron daño alguno porque los macedonios abrieron filas y
los caballos fueron detenidos por detrás por oleadas de la caballería
de los compañeros y por algunos hipaspistas de la guardia real que había
llegado al lugar para reforzar el ataque macedonio. El ruido de los gritos
y de los golpes que Alejandro Magno había ordenado previamente hizo que
muchos caballos persas se asustasen y volviesen sus grupas hacia sus propias
filas.
Junto con la carga de los 200 carros, Darío III había ordenado un avance
general de todas sus líneas. Su línea se movió hacia delante, con la caballería
avanzada y con la intención de rodear al ala izquierda macedonia, muy
rezagada, por lo que tuvo que echar mano de nuevos contingentes de caballería,
de nacionalidad persa. Alejandro ordenó que los lanceros, al mando de
Aretes, cargaran contra ellos en el punto de inflexión con su línea principal,
mientras que él proseguía su avance por la derecha. Cuando los lanceros
de Aretes lograron desbaratar la línea principal y abrieron una gran brecha,
Alejandro Magno se puso a la cabeza de sus compañeros y les hizo dar media
vuelta, formándoles en cuña junto con las cuatro taxeis de la derecha
de la falange, con los que cargó a toda velocidad contra la brecha, al
tiempo que todos los hombres entonaban el grito de guerra. Rota la parte
izquierda de la línea de Darío III, Alejandro Magno galopó en dirección
a éste, es decir, hacia el punto más importante del frente enemigo. La
carga, debidamente apoyada a la izquierda por las espesas lanzas de la
falange, hizo retroceder en desorden a la caballería persa. Darío III,
desde lo alto de su carro, vio a su izquierda y a su centro-izquierda
como se desmoronaban todas sus fuerzas, dándose cuenta que Alejandro se
dirigía directamente hacia él, para matarlo o apresarlo. Entonces, giró
su carro y se dio rápidamente a la fuga, como hiciera en Issos. Entre
tanto, la caballería persa, en un principio situada a la derecha de Alejandro,
viendo su retaguardia amenazada por Aretes, emprendió la huida seguida
por los macedonios, quienes les causaron un gran número de bajas.
Mientras se libraba esta batalla en el lado derecho de Alejandro, tenía
lugar otra igual de cruenta en el ala izquierda. A causa de la marcha
acelerada de Alejandro en sentido oblicuo, aquélla se encontraba retrasada
respecto de la vanguardia de ataque, creándose una importante brecha entre
ambas, lo que fue aprovechado por la caballería india y persa que irrumpió
galopando hacia el tres de bagajes macedonio para rescatar a la familia
de Darío III, la cual había quedado atrapada en medio. Según la narración
de Arriano (la fuente más verídica), el combate adquirió allí caracteres
épicos. Los comandantes de la segunda línea de la falange, ejecutando
órdenes preestablecidas por Alejandro Magno, hicieron dar media vuelta
a sus tropas, apareciendo en la retaguardia persa, tras lo cual acabaron
con la mayor parte de la caballería. Mientras tanto, la parte izquierda
de la línea macedonia empezó a ser atacada por el frente y la izquierda,
expuesta por la retaguardia y por la derecha. Ante tal coyuntura, la unidad
de flanqueo retrocedió, la segunda línea dio media vuelta y el batallón
de Simmias cerró el flanco derecho, de modo que el enemigo halló oposición
en todos los lados. No obstante, Parmenio se encontró totalmente rodeado
y en una posición francamente delicada, por lo que envió varios mensajeros
al galope hasta llegar a Alejandro Magno, el cual se hallaba a punto de
iniciar un definitivo ataque al ala izquierda persa. Rápidamente giró
con la caballería de los compañeros, a la que lanzó contra la derecha
persa, para acabar chocando con algunas formaciones persas intactas, formadas
por excelentes jinetes y, en particular, de lo más granado y selecto de
las tropas de Darío III. La caballería de Darío III, que se estaba retirando,
luchó denodadamente al ver su movimiento amenazado. Tras una serie de
ataques sin cuartel por uno y otro bando, por fin los persas fueron derrotados.
Una vez libre Parmenio, Alejandro Magno y su caballería de compañeros
iniciaron la persecución de las tropas persas, prolongándose hasta la
entrada de la noche. Cuando Alejandro llegó a las inmediaciones del río
Lico (19 kilómetros de distancia de la batalla), se detuvo para que bebieran
los caballos y descansasen sus hombres hasta media noche. Parmenio fue
enviado al campamento persa, en Arbela, para capturarlo y a ser posible
apresar a Darío III, el cual consiguió zafarse de la persecución macedonia,
dirigiéndose hacia el este, hacia Media, acompañado por la selecta caballería
bactriana, los familiares y unos cuantos portadores. Posteriormente, unos
2.000 mercenarios griegos que también lograron escapar se reunieron con
Darío III. Por lo demás, el mayor ejército que Darío III había conseguido
reunir había sido totalmente aniquilado por uno de los mayores genios
militares de todos los tiempos.
La batalla de Gaugamela vino a confirmar, una vez más, que el más poderoso
ejército, el mejor armamento y el lugar más favorable para el desarrollo
de una contienda de poco sirven cuando el mando se manifiesta totalmente
inoperante e incompetente, como fue el caso del ejército persa, formado
por una amalgama de individuos reclutados a la fuerza y sin verdadera
cohesión. En cambio, la seguridad y precisión de que dio pruebas el ejército
macedonio durante toda la campaña fueron admirables, amén de tener un
mando previsor de todas las contingencias posibles, liderado por Alejandro
Magno, vigoroso, valiente, poseedor de unas cualidades excepcionales y
con una gran confianza en sí mismo y en sus triunfos; cualidades sin las
que no habría podido, bajo ningún concepto, llevar a cabo una empresa
tan ingente por inverosímil: la conquista de un imperio inmenso con tan
sólo un puñado de helenos.
El
número de bajas de la batalla es imposible de calcular, al igual que pasa
con el número de participantes en la misma. Según el historiador Arriano,
murieron por parte persa en torno a los 300.000 (cifra del todo punto
exagerada), y cayeron un gran número de ellos prisioneros, a lo que se
sumó la pérdida del tesoro real de Darío III, valorado en unos 4.000 talentos
de oro, de su arco, sus flechas y su carro laminado en oro. Por parte
griega, las pérdidas fueron casi testimoniales: unos 100 hombres y 1.000
caballos.
La importancia de la última victoria de Alejandro sobre su enemigo tradicional,
Darío III, y sus consecuencia no se hicieron esperar. Las dos ciudades
más importantes de Persia, Babilonia y Susa, abrieron las puertas al vencedor.
El sátrapa de Babilonia, Mazeo, salió al encuentro de Alejandro Magno
para ofrecerle las llaves de la ciudad, tras de lo cual, el joven rey
macedonio entró en la antigua capital de los soberanos babilónicos y persas
por un camino adornado con flores y fuegos sagrados. En el propio palacio
real de Babilonia, Alejandro Magno encontró enormes sumas de dinero con
las que pudo gratificar espléndidamente a cada uno de sus soldados. Alejandro
Magno también realizó sacrificios al dios persa Marduk, al igual que hiciera
antes en Egipto. Antes de partir hacia Susa, Alejandro, dando muestras
de una gran sutileza política, nombró por primera vez a un persa para
gobernar una ciudad conquistada, en un claro intento por atraerse a la
nobleza enemiga, tratando por igual a los persas adictos que a los oficiales
macedonios.
Alejandro Magno dejó Babilonia para encaminarse hacia Susa, la cual guardaba
tesoros aún mayores, concretamente la fabulosa suma de 50.000 talentos
de oro, cifra exorbitante pero aún menor que la hallada más tarde en la
tercera capital persa importante, Pasagarda, donde posiblemente recogiera
unos 120.000 talentos. En Persépolis, auténtico corazón de Persia, Alejandro
Magno mandó incendiar los antiguos palacios reales del rey Jerjes. Fue
en ésta última ciudad donde Alejandro supo por Antípater que en una gran
batalla librada frente a Megalópolis aquél había derrotado y muerto a
Agis, rey de Esparta, disolviéndose de una vez por todas la temida Liga
del Peloponeso.
Alejandro no empezó a perseguir a Darío III hasta haber entrado en la
residencia de verano de éste, la tranquila ciudad de Ecbatana. Sin embargo,
el desesperado rey persa volvió a escapársele de las manos. Finalmente,
cuando más desesperada era la situación para Darío III, perseguido muy
de cerca por las tropas de Parmenio, fue asesinado en el invierno del
año 330 por el sátrapa Besso, que se proclamó sucesor del rey difunto
con el nombre de Artajerjes.
Con la muerte de Darío III, Alejandro Magno pudo conseguir su objetivo
político más imperioso: la eliminación total del Imperio aqueménida. La
fuerza de su espada y de su determinación lo habían convertido en Rey
de Reyes, y ante sí tenía abiertas las puertas de la sugerente India,
la cual sería su siguiente objetivo.
Espero que la extensión de este artículo no
haya hecho que el mismo se convirtiese en algo aburrido para la lectura,
solamente ha pretendido aportar un poco más de información acerca de este
personaje tan enigmático y que tantos ríos de tinta ha hecho fluir a lo
largo de la historia. Quiero dedicar este artículo al Webmaster de Lilliput,
no os lo toméis como algo "pelotillero", simplemente es como muestra de
agradecimiento por su silencioso y constante trabajo en todos aquellos
artículos que están haciendo que esta página sea de lo mejor del actual
panorama modelístico en Internet; GRACIAS A TODOS.

Valencia a 29 de Noviembre de 2.001
© Pedro
Adolfo Rodríguez Díaz.

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