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Dícese del conjunto de piezas metálicas con que se vestían los combatientes para defenderse del ataque. Historia Se utiliza el término armadura para referirse al conjunto de piezas
de defensa de acero que cubrían el cuerpo de los caballeros europeos
en la Baja Edad Media y comienzos de la Edad Moderna durante los combates
o torneos. No obstante, por armadura debe también entenderse todo
conjunto de piezas de protección que, desde la antigüedad,
el hombre ha utilizado para defenderse en los enfrentamientos bélicos,
bien cuerpo a cuerpo o bien ante cualquier arma arrojadiza; es decir,
aquello que pudiera defenderle de los enemigos en el combate con el fin
de alcanzar el éxito, siempre incierto, en la lucha. Evolución de la armadura. Desde la más remota antigüedad, el hombre ha tratado de encontrar el medio más eficaz para defenderse de los ataques enemigos en los combates que siempre han acompañado a la historia de la humanidad. Las primeras y rudimentarias piezas de defensa estaban destinadas a proteger las partes del cuerpo más vulnerables o aquellas en las que las heridas podrían poner en peligro de una manera más directa la vida del guerrero. Así, lo primero que se protegió fueron, como es lógico pensar, la cabeza y el tronco por medio del casco y la coraza. Las primeras referencias que se tienen sobre ello son los camisotes de piel de búfalo guarnecidos con escamas metálicas de los soldados asirios que bien llegaban hasta las caderas o hasta los pies, según fueran armados a la ligera o de manera más completa, especialmente los jinetes. También de esta época pueden datarse las primeras espinilleras, que cubrían la parte anterior de las piernas. En el antiguo Egipto se utilizaron pieles de cocodrilo y cascos de cuero endurecidos con refuerzos de bronce. La protección de la cabeza se inició desde muy temprano más por el hecho de que ésta sobresalía del escudo, la principal pieza defensiva dentro del armamento antiguo, que por una necesidad específica. No obstante, el casco pronto experimentó una rápida evolución debido tanto a la utilización de los metales como por la proliferación de adornos; el casco era la pieza distintiva del guerrero, y ésta fue pronto adornada con toda una serie de ingeniosos remates cuando la pretensión del combatiente era, sobre todo en el caso de los que ostentaban el mando, destacar entre los demás. Con la llegada del bronce los cascos no sólo se reforzaron con este metal, sino que a veces se remataban con otros materiales, como los colmillos de animales, como pueda ser el caso del jabalí en la civilización micénica. Los colmillos eran cortados longitudinalmente, lo que suponía una protección eficaz y de poco peso. Hacia el siglo XV a.C. comienzan a aparecer armaduras rudimentarias que cubrían el torso, elaboradas con pieles de animales a las que se cosían pequeñas piezas de bronce; fueron denominadas armaduras de lorigas o escamas. También comenzaron a utilizarse unas toscas espinilleras de láminas metálicas que cubrían parte de las piernas, o un cinturón ancho que protegía el abdomen. En el antiguo Egipto, hacia el primer milenio a.C., los camisotes, que eran una evolución del cinturón antes citado y que se extendía desde las axilas hasta las rodillas y se sujetaba a los hombros con correas, se elaboraban con cuero, reforzados a veces con acolchamientos, anchas láminas metálicas en el pecho e, incluso, escamas de bronce de más de veinte centímetros de anchura; los guerreros usaban, además, espinilleras y aros de metal que, por primera vez, cubrían los brazos. Desde Egipto se generalizaron estas protecciones hacia todo el Oriente Próximo, de manera que fueron también utilizadas por los persas, partos y sármatas. En Siria, hacia el siglo XV a.C., se reforzó el traje típico, una camisa con mangas, mediante escamas de bronce, y fue utilizado como armadura por aquellos combatientes que, al ir subidos en carros y tener las dos manos ocupadas, no podían sostener un escudo; las escamas se cosían a una tela o se entretejían en hileras flexibles de laminillas. Los cascos, en forma de gorras ajustadas de cobre batido, fueron utilizados por primera vez por los sumerios desde épocas mucho más remotas.
En Grecia también evolucionó el casco, que fue variando de forma según corría el tiempo; los beocios, por ejemplo, utilizaron la borgoñeta, con yugulares y protección nasal, que protegía casi todo el rostro y el cráneo, adornada con una cresta alta y rematada con una cimera en forma de cruz. Este casco llevó más adelante una visera movible que, al bajarse, cubría completamente el rostro salvo dos agujeros que permitían ver a través de ellos. No obstante, el casco griego más conocido era aquel que cubría todo el cráneo salvo una hendidura en forma de Y para ver y respirar. El casco frigio, por su parte, ajustado a la cabeza, dejaba descubierta la cara, lo que hacía que, evidentemente, fuese más vulnerable. El casco etrusco, por su parte, no tuvo jamás visera, ni yugulares, ni cubrenuca; tan sólo era un capacete semiesférico que se adaptaba al cráneo, muy parecido al casco usado por los iberos, al que se le unía una cresta realizada con dos piezas rectangulares con remaches. Los iberos utilizaron una armadura de discos que protegían, principalmente, el pecho. Los samnitas, por otra parte, también utilizaron corazas de discos, aunque éstos eran tres y cubrían un área mayor de pecho; no obstante, su evolución en nada tiene que ver con la de los iberos. Los celtas, asimismo, utilizaron un peto que le cubría todo el torso y parte de los hombros, y el casco, en ocasiones, se adornaba profusamente con remates geométricos a los que se le añadían algunas plumas. En Roma, y debido a la manera de combatir de los distintos oficios del ejército, la infantería ligera (velites), como en el caso de los samnitas y, posteriormente, de los gladiadores, llevaban ocreas en la pierna izquierda, mientras que los hastarios o hastatos las llevaban en la derecha, según fueran una u otra la que adelantaran a la hora del combate. En cuanto al tronco, los romanos utilizaron fundamentalmente la loriga de escamas de metal (aunque también de hueso y de cuerno), que iba cosida con lienzo o cuero por medio de correas o alambres y cubría, además del pecho, la espalda, el vientre, las caderas y los hombros; en el caso de los soldados de caballería pesada, éstos usaban una armadura semejante que les cubría hasta los pies y las manos. Durante la República, la loriga se redujo hasta prácticamente ser sólo un coleto sin mangas que únicamente llegaba hasta las caderas, revestido de una red de menudos y apretados anillos de hierro, mientras que en época imperial se generalizó entre los legionarios una coraza muy flexible formada de anchas laminas de acero que cubrían completamente el tronco y permitían al soldado gran libertad de movimientos. Sin embargo, la pieza de armadura que quizá sea más conocida del Imperio romano fue aquella que, formada por sólo dos piezas (peto y espaldar) que se amoldaban perfectamente al cuerpo, permitía una libertad de movimientos prácticamente ilimitada, y que fue usada por las huestes imperiales en sus conquistas del mundo mediterráneo. Muchas de ellas se adornaban con relieves, dorados y otros adornos, y eran usadas principalmente por los caudillos militares, cónsules o emperadores; en muchos casos, imitaban perfectamente la forma del cuerpo, e incluso exageraban la silueta de los músculos, especialmente en las corazas de los oficiales, buscando impresionar a los guerreros de los pueblos a conquistar. En cuanto al casco, el romano se parecía bastante al etrusco, pero tenía una cubrenuca y yugulares; los centuriones y jefes militares solían distinguirse por una cimera de plumas o crines de caballo.
Una de las primeras evoluciones importantes de la armadura surgió de la necesidad de proteger una de las partes del cuerpo más vulnerable en las lorigas, las axilas; así, la loriga de escamas, también llamada coracina o coracilla, fue sustituida, al fin, en toda Europa y hacia el siglo XI por la jacerina o cota de malla, construida con anillos forjados y de un diámetro muy pequeño (incluso menos de cinco milímetros). Era ésta una pieza elaborada con una fuerte base de cuero que se reforzaba con pequeños discos o anillos metálicos que se unían para formar un tejido continuo, ya que cada anillo pasaba por otros cuatro y sus dos extremos se remachaban. Una buena cota de malla podía constar, incluso, de doscientos mil eslabones, lo que explica que la fabricación de éstas fuera costosísima, por lo que estaban tan sólo al alcance de nobles y caballeros muy ricos; su peso aproximado era de once kilos. La cota de malla alcanzó su momento de esplendor hacia comienzos del siglo XIV, cuando el proceso de estirado del alambre abarató el coste de su fabricación e hizo que se generalizaran; este proceso evitó también que fuera necesario una base de cuero para sujetar los anillos de alambre, lo que permitió que la cota fuese una pieza independiente, a modo de camisa, que se vestía desde la cabeza. Parece que la costumbre de abrochar las chaquetas de hombre con el lado izquierdo sobre el derecho nace de la necesidad de vestir la cota de mallas del mismo modo, ya que el lado izquierdo se solapaba sobre el derecho para desviar las puntas de lanza y los golpes de espada, y este modo de cerrarse pasó a otro tipo de prendas. En el siglo XI se aceptó como técnica de batalla la carga con la lanza acostada, es decir, sujeta bajo la axila derecha, con el lado izquierdo del caballero o el escudo siempre vuelto hacia el enemigo. Esta postura hizo necesario el ajuste del escudo que, de su primitiva forma oval pasó a tener una silueta más estilizada, con la parte inferior más alargada y en forma de punta, lo que protegía al guerrero desde los ojos hasta las rodillas y le obligaba, por otra parte, a adoptar una postura muy rígida. Al desarrollarse el visor del casco, la parte superior del escudo se cortó en línea recta, mientras que la inferior también se vio recortada cuando se desarrollaron las protecciones para las rodillas y espinilleras de placas. No obstante, y a pesar de que la cota de malla ofrecía una protección muy eficaz ante espadas, puñales y flechas, nada podía hacer contra un golpe contundente (con una maza, por ejemplo), además de las dolorosas heridas que causaba dicha cota al ser golpeada y herir la carne. Tampoco servía contra la mayor penetración de los proyectiles que, ante el perfeccionamiento de las técnicas mecánicas y metalúrgicas, eran lanzados por cada vez mejores tipos de arcos y, sobre todo, ballestas. Ante esta tesitura, y a pesar de que ésta fuera la principal pieza de defensa hasta comienzos del siglo XIII, los combatientes demandaban una vestimenta que no sólo les protegiera de los cortes, sino también de los golpes, por lo que poco a poco fueron creándose protecciones hechas de fuertes chapas metálicas (launas) que aumentaban la eficacia de la defensa, al desviar las puntas de lanzas y los citados proyectiles, haciéndolos resbalar por su superficie cuando el ángulo de incidencia fuese pequeño. El metal, por otra parte, fue también poco a poco mejorándose hasta llegar al acero templado, más resistente y fácilmente modulable en la forja. Nacieron así las armaduras de placas, fabricadas artesanalmente por maestros armeros que martilleaban las chapas para más tarde calentarlas en una fragua y, posteriormente, dejarlas enfriar; las distintas piezas se iban forjando a partir de unos moldes realizados a tal efecto.
Como adorno, y para paliar el efecto del calor, sobre todo a partir de la segunda cruzada, comenzaron a utilizarse una sobrevesta o cota de armas sin mangas a la que se ceñía el talabarte, de donde pendía la espada; pronto esta sobrevesta, al igual que el casco y el escudo, se adornó con signos y figuras que servían de distintivo al caballero frente a los demás, y que pronto comenzó también a tener una significación heráldica, en lo que vino a denominarse el escudo de armas (el de los cruzados, por ejemplo, era blanco con una gran cruz roja sobre el pecho). Para que tampoco se produjeran rozaduras en el rostro o en el cuello del caballero, éste vestía una gorra o capucha de paño acolchada cuyas puntas se anudaban debajo de la barba; esta prenda podía ser teñida con los colores favoritos del caballero, colores que pronto pasaron también a formar parte del escudo. Del mismo modo, los lambrequines, o cintas que se anudaban sobre el casco para sujetar la cimera, fueron prendas que se tiñeron de distintos colores que más tarde tuvieron también un importante papel en la heráldica. Sobre la capucha acolchada antes citada se colocaba el almofar o camal, y por encima de este el bacinete o el yelmo, dependiendo del tipo de combate (el yelmo, mucho más pesado, era también más seguro). Se fueron añadiendo otras partes que cubrían zonas específicas, como los guantes de cuero recubiertos de mallas o pequeñas piezas metálicas, así como medias y escarpines de mallas, codales y rodilleras, guardabrazos y quijotes, colocados todos sobre la cota. En definitiva, el caballero aparecía ante su enemigo con todas las partes visibles de su cuerpo cubiertas con planchas de acero salvo la parte inferior de los muslos y las nalgas, partes que quedaban protegidas por la silla y el cuerpo del caballo. Como puede imaginarse, quien podía permitirse el costoso lujo de una armadura rara vez iba a pie. Además de la armadura de placas se utilizaron otros dos tipos durante los siglos XIV, XV y principios del XVI, sobre todo para aquellos combatientes que no se podían permitir el lujo ya citado de poseer una armadura completa de placas, reservada para los guerreros más nobles e importantes. Para quienes no lo eran se fabricaron dos clases distintas de armaduras: la jacerina (muy empleada en la Europa oriental), que consistía en laminas de metal unidas a un traje interior de paño; y la brigantina, que invertía el orden de estos elementos, ya que las láminas iban remachadas dentro de un jubón de brillantes colores, rematado con tachones de cabezas labradas y doradas. Este tipo de protección fue muy habitual en España e Italia. La armadura de placas. Hacia el siglo XIV es cuando ya se puede establecer el momento en el que aparece la armadura de placas tal y como tradicionalmente se conoce. Lo que hacia finales de dicho siglo constituía el llamado arnés blanco o armadura de punta en blanco era lo que todo caballero que se preciara ansiaba poseer como arnés completo. La nomenclatura de las distintas partes de una armadura, así como un intento de establecer una lista más o menos fiable de todas las partes que la componían, se antojan una tarea harto difícil, tanto en cuanto que el número de piezas movibles que podía componer una armadura podía sobrepasar las doscientas cincuenta como que dichas piezas no siempre recibían un nombre preciso. No obstante, en el siguiente apartado se enumerarán las partes más comunes de una armadura de placas y el nombre que tradicionalmente se les ha dado. Piezas de la armadura de placas.
Durante los siglos XIII y XIV se utilizó el bacinete, que era un casco que también tenía una visera móvil (más tarde, ya avanzado el siglo XV y hasta el XVII, se utilizó la borgoñota, que era un casco sin visera dotado de una cresta). El término celada se utilizó entre los siglos XV y XVII para referirse a cualquier suerte de casco, fuera abierto o cerrado.
Todas estas piezas se unían al cuerpo mediante correas con hebillas, y entre sí por medio de ganchos, tuercas, pequeños clavos o aldabillas. Debajo de todas ellas, como ya se ha citado, se usaba una cota de malla con capucha; esta capucha de malla, que se colocaba justo debajo del yelmo o celada, se denominaba en Castilla almofar. La armadura comenzaba a "vestirse" por el gorjal, al que se sujetaban la coraza o peto y los guardabrazos. Las piernas comenzaban a vestirse desde los pies, y era imprescindible la ayuda del escudero, debido a la rigidez de las piezas (lo que ocasionaba que el caballero tuviese un andar torpe). El casco, por su parte, tenía una muesca o rebajo circular que descansaba directamente sobre el gorjal y permitía al caballero mover la cabeza hacia los lados.
A esta armadura de placas, propia de la caballería pesada, se opuso la llamada armadura a la gineta o armadura ligera, que se utilizó durante más tiempo que la armadura pesada y era más apropiada para escaramuzas o batallas donde interviniera la sorpresa, como ocurría, por ejemplo, en los siglos de continua conquista y reconquista de los reinos cristianos, arrebatados por los musulmanes, en la Península Ibérica. Esta armadura a la gineta se componía de cota de malla, almete (casco) o morrión, adarga (escudo) y borceguíes (botas) con acicates en vez de espuelas, más apropiada para manejar con una simple lanza o una espada ligera. Piezas de la armadura del caballo de guerra. La montura también fue objeto de protección. Así, el caballero defendió a su caballo de los ataques enemigos con una serie de piezas que siguieron un desarrollo parecido al de las que cubrían el cuerpo del jinete. Se defendió, así, al corcel con armaduras o bardas de cuero primero, de malla después y, finalmente, de placas de hierro. Las partes más usuales eran las siguientes:
Las extremidades quedaban siempre libres, para no entorpecer el paso del caballo (lo que hacía, como es fácil adivinar, vulnerable al animal en este punto). En el caso de la armadura a la gineta, mencionada anteriormente, la montura no llevaba protección alguna. No obstante, no sólo se armaba a los caballos; se conocen incluso casos de armaduras para perros, como la curiosa armadura de un lebrel que se conserva en la Armería del Palacio Real de Madrid. Las armaduras para los caballos permitían desarrollar aún más si cabe la imaginación de los maestros armeros, hasta el punto de que algunas de estas armaduras superaban en belleza a las de los propios caballeros. Esplendor de la armadura. Hacia el siglo XV llegó el período de máximo esplendor de la armadura de combate con la que fue llamada "armadura gótica", de gran belleza, la cual se fabricaba con superficies muy lisas y bruñidas, suavemente curvadas y que tendían a converger en un punto, especialmente en los dedos de los pies y en los codos, y tan sólo estaban decoradas en los bordes. Los petos, cascos y guardas de los brazos y las piernas tenían, sin embargo, superficies estriadas, mientras que las de los dedos de los pies se hacían extraordinariamente anchas; no obstante, los escarpes se fueron sofisticando cada vez más, hasta el punto de conservarse algunos cuya terminación en punta sobresalía de los pies más de treinta centímetros. En Alemania también se fabricaron magníficas armaduras acanaladas, como la que pertenecía, hacia 1530, al duque de Württemberg. En definitiva, son las armaduras más imponentes jamás forjadas y, a pesar de ser ideadas atendiendo a su funcionalidad, puesto que aún se utilizaban en los campos de batalla, su belleza nunca ha sido superada. Las mejores colecciones de armaduras medievales se encuentran expuestas en la Armería Real de Madrid (antes mencionada), en el Museo del Ejército de París, en la Torre de Londres y en otras colecciones en ciudades como Nueva York, aunque posiblemente la colección más bella del mundo sea la que se expone en la armería del Museo de Arte Histórico de Viena, en el que se puede admirar una de las colecciones más completas, impresionantes e ilustrativas en su género, iniciada desde los tiempos de Federico III hasta su acomodo en el Neues Burg entre 1934 y 1936. La armadura de exhibición y de torneo.
En Europa eran famosas las fábricas de Alemania (Nuremberg, Augsburgo o Múnich), Milán o Florencia. Las fábricas con mayor renombre en suelo hispano fueron Eugui, Tolosa (mandada construir por Carlos I), Pamplona, Toledo, Valladolid y Barcelona. Paralela a la proliferación de estos arneses de gala transcurrió la especialización de las armaduras convencionales, que se fueron adaptando, tras sufrir considerables transformaciones, en las armaduras utilizadas para las justas o torneos, los cuales eran deportes militares, sujetos a rígidas reglas, que imitaban los combates verdaderos. Los golpes iban siempre dirigidos al peto, cabeza y brazo izquierdo del caballero, por lo que estas partes se protegieron especialmente por medio de placas más pesadas e incluso con placas suplementarias atornilladas sobre las corrientes. Se idearon también ingeniosos escudos que, al ser golpeados por la lanza del adversario, saltaban en pedazos o volaban por los aires, lo que añadía un final muy efectista al propio espectáculo del choque de dos caballeros completamente armados y enfrentados en singular combate. La necesidad de, a menudo, tener que luchar a pie hizo que aparecieran también armaduras elaboradas con planchas de acero deslizantes y más delgadas que, además de cubrir las nalgas, la entrepierna y las articulaciones de codos y hombros, permitían una libertad de movimientos casi total. El ristre, una pieza que se añadía al peto, servía como soporte donde apoyar la lanza en el momento de las acometidas en los torneos; el caballero, blandiendo la lanza sujetada en el estribo, sólo la colocaba "en ristre" en el momento de cruzarse con el rival, que normalmente seguía una calle opuesta y paralela, delimitada por un pequeño seto. Al cruzarse, ambos intentaban dirigir el golpe contra el peto del contrario para hacerle caer de la montura. La fuerza del envite solía hacer romperse las lanzas con estrépito; los caballeros, así, "quebraban lanzas" como objetivo fundamental de la justa. En estas justas o torneos se añadía al arnés del caballero la tarja o tarjeta, pieza que se sujetaba a la parte superior izquierda del peto que, además de servir como sobreprotección de la zona del corazón, también era la portadora de la divisa o empresa del caballero justador. En los torneos, el caballero solía vestir encima de la armadura una cota de armas de terciopelo o de seda con los colores de su emblema; se sujetaba ésta a la cintura con un cordón y un ancho talabarte profusamente adornado, en el cual pendían la espada y el puñal. Algunos modelos de armaduras de justa tenían, además, un pequeño escudo incorporado en el guardabrazos del brazo derecho, el cual también era denominado tarja. Los torneos, que durante el último período de la Edad Media eran demostraciones de fuerza y valor propias de un caballero, ya sea para cumplir una promesa o simplemente para defender su honor, se convirtieron en el siglo XVI en prácticamente una competición deportiva que servía más de solaz de la clase noble que para demostrar la valía de un caballero. Demostraciones de fuerza y honor, como el caso del gran torneo que tuvo lugar en 1180 en el sur de Francia, en Lagny-sur-Marne, donde, según la tradición, más de tres mil caballeros se dieron cita, o el caso del Paso Honroso de Suero de Quiñones, acontecido, en 1434, en el puente sobre el río Órbigo, cerca de Astorga, donde se quebraron más de ciento cincuenta lanzas, fueron poco a poco quedando en el olvido. El declive de la armadura La desaparición de la armadura, como ya se ha mencionado con anterioridad, corrió pareja a la proliferación de las armas de fuego. El caballero, acostumbrado a despreciar al simple soldado desde su atalaya y sus fuertes protecciones, contra las cuales nada tenía que hacer un arma convencional, vio con terror como podía ser derrotado por un artilugio infernal, con la apariencia de un fino palo largo, que disparaba un fuego que era capaz de burlar todos los kilos de metal que llevaba encima y de herirle con mucha más fuerza que las ballestas, lanzas, espadas o mazas enemigas y, lo que era aún peor, desde una distancia que era inalcanzable. Un simple mosquete o un arcabuz eran capaz de atravesar la coraza mejor templada, por lo que las armaduras fueron perdiendo, lógicamente, su uso en favor de otras maneras de entender la guerra. El siglo XVII marcó el declive definitivo de la armadura de placas, que se hizo más gruesa, torpe y menos completa. Tan sólo el casco, peto, espaldar y guantelete podían brindar cierta protección en las maniobras ligeras de la caballería e infantería, como pueda ser el caso de las piezas utilizadas por los conquistadores españoles de ultramar. Lo poco que quedó de la primitiva armadura, con el paso del tiempo, fue el casco y la coraza, y éstos tan sólo pasaron a formar parte de la indumentaria de algunos cuerpos, como los coraceros, que aún constituían la caballería pesada de algunos ejércitos, tendentes ya a desaparecer ante el desarrollo espectacular de la infantería y la aparición de otra serie de unidades, como la de artillería y artillería pesada. Desde la Primera Guerra Mundial se ha utilizado, bien es cierto, el casco de acero en todos los ejércitos, aunque tampoco ofrece éste una protección muy eficaz ante las armas de fuego. Algunos cuerpos especiales si han utilizado en las grandes guerras del siglo XX algunas defensas pesadas destinadas a proteger a los artilleros o al personal expuesto a determinados peligros. Otros tipos de protección especial son los chalecos antibalas o los chalecos acorazados que utilizaban las tripulaciones de los aviones para protegerse de los fragmentos de metralla de la artillería antiaérea. Asimismo, en la Guerra de Corea el ejército norteamericano empleó, con muy buenos resultados, unos trajes acolchados de nailon que, aunque no protegían contra los proyectiles directos, si eran eficaces contra las balas perdidas y la metralla. En la actualidad, y a lo largo de todo el siglo XX, los pocos ejemplos que quedan de cuerpos que utilicen alguna parte de la armadura lo hacen por respeto a la tradición y sólo en determinadas ceremonias. Así, la mantienen en su uniforme de parada numerosas guardias de jefes de estado, como la Horse Guard de Inglaterra o la Guardia Suiza del Vaticano. Del casco tan sólo quedó el grueso coleto de ante utilizado por muchas unidades de caballería, o los que adornan cuerpos como la mencionada Guardia Suiza. Asimismo, y con una función puramente decorativa, los oficiales, jefes y generales del Cuerpo General de la Armada del ejército español también portan una babera alrededor de su cuello en el traje de gala. Por último, no debe dejar de mencionarse el uso de protecciones que, construidas con materiales ligeros, se utilizan hoy día para proporcionar una protección eficaz en aquellos empleos de riesgo, como puedan ser la minería o la construcción, en los que deben protegerse parte vulnerables del cuerpo, como la cabeza o el tronco. Tampoco debe olvidarse las protecciones que utilizan los contendientes en algunos deportes, como las corazas y viseras de rejilla de los atletas de esgrima, sin olvidar los trajes de protección de los deportes de alto riesgo, como los utilizados en la Fórmula 1 o en los grandes premios de motocicletas, donde debe destacarse el casco, cada vez más sofisticado y fabricado con los materiales plásticos más avanzados. Por último, cabe destacar las protecciones que se utilizan en la fiesta de los toros, sobre todo en la suerte de varas, aquella que recibe con mayor fuerza la acometida de los astados. Así, el picador se protege las piernas con una versión moderna de la graba metálica, y el peto del caballo no deja de ser una evolución de los antiguos petrales metálicos que cubrían la grupa de la montura del caballero. Otras armaduras. Durante todo el siglo XX e incluso hoy día se ha documentado cómo algunos grupos étnicos que han vivido o viven en estado semisalvaje han utilizado rudimentarias armaduras que pueden dar una idea de cómo serían aquellas que utilizaron los pueblos primitivos antes de la aparición de las grandes civilizaciones. Así, y a través de productos vegetales, como cortezas de árboles, o animales, como pieles curtidas, reforzadas con planchas de madera o bien con la superposición de esos mismos materiales, los miembros de dichos grupos se han defendido de los ataques de sus semejantes con más o menos eficacia. Entre los materiales utilizados pueden mencionarse las corazas de escamas de mallas, correas o cuerdas entretejidas, pieles de oso, cortezas de árbol e incluso algodón, ramas entretejidas, fibras de coco tejidas, huesos de morsa tejidos, etc. Los conquistadores españoles encontraron, no con asombro, que muchos de los territorios por los que avanzaban estaban protegidos por auténticos ejércitos bien organizados que, en el caso de los aztecas en México, utilizaban unas piezas de protección en forma de chaquetas acolchadas que resultaban muy eficaces contra sus flechas, por lo que incluso las adoptaron. Algo similar ocurría en los territorios incas, donde los refuerzos estaban realizados con cestería.
Otros tipos de armaduras lejos del mundo occidental fueron las utilizadas en India, Persia y Turquía, consistente en unas mallas reforzadas a menudo con pequeñas placas rectangulares; los cascos, en Turquía, tenían piezas móviles que protegían las mejillas, y se usaba un guardacuello, mientras que en Persia era común el uso del camail, o pieza de malla colgante para proteger el cuello y el pecho. El paso de armas. En la Europa medieval, se conocía con este nombre al espectáculo deportivo-militar mediante el cual un caballero, llamado mantenedor, individualmente o en compañía de otros, efectuaba un desafío caballeresco a cualquier otro u otros caballeros, llamados aventureros, que, generalmente, consistía en mantener un combate armado en el sitio o lugar indicado por el mantenedor, que prohibía la entrada o el paso (de ahí el nombre que recibe el espectáculo) al resto de caballeros, salvo que éstos quisiesen combatir. Junto con las justas y los torneos, los pasos de armas medievales fueron los más grandes espectáculos deportivos de la época, semejantes a las Olimpiadas en la Grecia Antigua o a las luchas de gladiadores en Roma, teniendo como diferencia principal con éstas que la participación, organización y reglamentación de los pasos y similares estaba acaparada por el estamento social más elevado, la nobleza, que utilizó buena parte de sus contenidos con afán propagandístico de su preeminencia social. Los pasos de armas y la mentalidad caballeresca. En la práctica, todo el elenco de celebraciones lúdico-militares de la Edad Media es bien conocido en nuestros días, bien a través de la literatura, bien a través del arte, e incluso mediante la brillante puesta en escena de espectáculos teatrales o cinematográficos. Así, las justas caballerescas, los torneos entre dos jinetes a caballo, o entre dos caballeros a pie que pelean con espadas, hachas y escudos, no necesitan mayor mención. Sin embargo, quizá sea el paso de armas el que, desde una perspectiva actual, sea menos conocido y, desde luego, mucho más difícil de comprender sociológicamente para la mentalidad de nuestros días, no en cuanto a su funcionamiento y desarrollo, pero sí en lo tocante a los motivos que llevaban a los caballeros medievales a realizarlo. En principio, aunque justas, torneos y pasos de armas no dejan de estar intrínsecamente relacionados, lo que distingue al paso de armas es, evidentemente, su aparatosidad y el despliegue de medios para llevarlo a cabo. Como primera premisa a seguir, la convocatoria del paso exigía al mantenedor o mantenedores redactar por escrito las condiciones del mismo, amén de asegurarse que esas condiciones llegaban al resto de caballeros. En este ingrediente epistolar está la base de una de las literaturas más típicas de la Edad Media, íntimamente relacionada con el universo de los torneos y pasos: las cartas o carteles de batalla. El otro ingrediente fundamental de los pasos de armas era el voto, un concepto caballeresco que define acertadamente J. Huizinga: "El sentido del voto es, por regla general, el de imponerse una privación, como estímulo para apresurar la ejecución del hecho prometido" (El otoño de la Edad Media, p. 129). La existencia de votos caballerescos, en principio, está documentada para el terreno militar desde los más tempranos tiempos medievales; así, era frecuente que un guerrero anunciase, por ejemplo, que no comería o bebería nada, o que no se afeitaría la barba, hasta haber acabado con sus enemigos. Sin embargo, en relación con los pasos de armas, el sentido del voto está íntimamente relacionado con la extensión del ideal caballeresco emanada de las órdenes militares: puede decirse que el declive de éstas, en cuanto a su labor formal desarrollada durante las Cruzadas, hizo extender, sociológicamente, el ideal desde lo singular a lo colectivo, es decir, desde unos cuantos caballeros hasta todos los rincones de la sociedad medieval, incluyendo los votos que hacían los freires. Como aderezo final a los ingredientes, la rigurosa y, en algunos casos, escrupulosa reglamentación hacía necesaria la presencia de árbitro y jueces, con lo que se conformaba un aspecto totalmente deportivo a la celebración. Téngase en cuenta que los caballeros que aceptaban el desafío, como mínimo, necesitaban unas garantías precarias de que se iban a respetar las condiciones de seguridad enunciadas en la convocatoria. En este sentido, los oficios heráldicos de la Edad Media (reyes de armas, persevantes, heraldos y farautes) desempeñaron el papel de arbitraje absolutamente necesario para la celebración de los pasos de armas, lo que se traducía en un evento puramente deportivo al estilo caballeresco. La importancia de la heráldica en el desarrollo de estos espectáculos fue vital, si se entiende la heráldica no en el sentido científico y erudito con que la entendemos hoy día, sino como una verdadera corte de funcionarios encargados de preparar, diseñar y poner en funcionamiento todo el universo de códigos semióticos derivados de la utilización de colores, emblemas, escudos de armas, además de sus especiales cometidos ceremoniales en justas, torneos y pasos de armas. Además de esta labor propia efectuada por los oficiales heráldicos, cabe decir que muchos de ellos, sobre todo quienes actuaban en calidad de notarios de las celebraciones, fueron los directos causantes de la posterior difusión de los pasos de armas, al describir brillantemente la puesta en escena y todos los detalles en algunas de sus obras; éste es el caso, por ejemplo, de Antoine de la Sale, juez del Pas de la Joyeuse Garde (1446), y también de Pero Rodríguez de Lena, asistente al Paso Honroso de Suero de Quiñones, a cuyas notas cabe adjudicar el tremendo éxito de la obra del caballero leonés en las imprentas durante el siglo XVI.
"La lucha deportiva de la Edad Media diferénciase del atletismo griego y del moderno [...] por su mucha menor naturalidad. Para aumentar la tensión causada por la lucha, dispone del incentivo del orgullo y del honor aristocráticos y del efecto de la pompa erótico-romántica y artística. Está sobrecargada de ornamentación y magnificencia, demasiado llena de una fantasía multicolor. Es, además de un juego y un ejercicio corporal, literatura aplicada." Pasos de armas en la Europa medieval. Después de fijadas las normas, de difundir el contenido del paso y, por supuesto, de hacerse cargo de los enormes gastos y esfuerzos materiales para la realización del mismo, llegaba el día en que mantenedores y aventureros se encontraban, en el lugar y fecha fijados para tal efecto, con la brillantez ornamental precisa, para llevar a cabo el paso. Los jueces, notarios y oficiales heráldicos, después de verificar la corrección de los contendientes, decidían el comienzo de la fiesta, una fiesta en la que, en palabras de J. González Cuenca (op. cit., p. 14), también daba ocasión para que: "Entre combate y combate, había tiempo y lugar para la convivencia de una clase señorial convocada por el ocio, la fama o el dinero y, en lo que cabe, ante un público deslumbrado (de eso se trataba: de deslumbrar) por el alarde de destreza, lujo y fantasía de los protagonistas, sus señores." Los primeros pasos de armas de los que se tiene constancia se confunden, merced a su todavía parco desarrollo figurativo, con torneos y justas, dos de las modalidades también usadas en los pasos. Los mejores ejemplos, ya plenamente constituidos, proceden de mediados del siglo XV: son famosos, especialmente, los organizados en la corte borgoñona, una de las más cultas, refinadas y barrocas de la Baja Edad Media, como el Pas de l'Arbre Charlemagne (1443) y, especialmente, el ya mencionado Pas de la Joyeuse Garde (1446), organizado por René de Anjou en honor de Jeanne de Laval, su futura segunda esposa, y en la que, durante cuarenta días, mantenedores y aventureros lucharon en un escenario propio de un decorado de superproducción cinematográfica: un castillo de madera, en el que había un verdadero zoológico, recreado por René de Anjou para imitar la belleza de la corte artúrica, con todo tipo de reminiscencias a la historia de Lanzarote del Lago. Se pueden destacar muchos más, como el Pas de la Belle Pélerine (1449), acontecido en las cercanías de Saint-Omer, protagonizado por uno de los más famosos caballeros andantes medievales, Jean de Luxemburgo, o el Pas du Pin aux Pommes d'Or (1449), celebrado en Barcelona como agasajo de Gastón IV, conde de Foix, ante su inminente boda con Leonor de Aragón. En la península ibérica, con todo, los más famosos fueron el Paso de la Fuerte Ventura (1428), organizado por el infante don Enrique de Aragón como respuesta al despliegue de medios del condestable Álvaro de Luna en otras fiestas, y, sobre todo, el ya mencionado Paso Honroso de Suero de Quiñones (1434), quizá uno de los pasos más paradigmáticos en cuanto a motivaciones caballerescas, puesta en escena literaria y fastuosidad en los medios. Muchos otros pasos de armas que se dejan en el tintero (el Pas de la Dame Sauvage, el Pas de l'Arbre d'Or, el Pas de la Fontaine des Pleurs o el de la Rocher Périlleux) son, igualmente, destacables por participar de todos los componentes teóricos ya vistos, pero una breve descripción de ellos, aunque somera, haría interminables estas líneas.
© Pedro Adolfo Rodríguez Díaz. Febrero 2002
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