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Pedro Adolfo Rodríguez Díaz
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1.- Introducción.
Célebre mercenario de origen bretón, nacido en la Motte-Bron,
cerca de Dinan, en el año 1320, y muerto en Chateauneuf de Riandón,
en el año 1380. Perteneció a la baja nobleza de Bretaña,
por lo que pronto se tuvo que dedicar a la carrera de las armas de forma
profesional. No sabía leer ni escribir y su carácter era
violento. Su participación en torneos y encuentros de armas le
valió una merecida fama de guerrero. Su carrera militar la emprendió
luchando al lado de Carlos de Blois, en el enfrentamiento de éste
con Juan de Monfort, por la pertenencia de Bretaña. Por aquel tiempo,
Du Guesclín ya tenía a su cargo a todo un ejército
de soldados aventureros y mercenarios, compuesto de bretones e ingleses
que luchaban sólo por una soldada y no por intereses nacionales.
En el año 1357 fue armado caballero y se puso a la orden del rey
Carlos V de Francia. Fue enviado a luchar contra los ejércitos
navarros de Carlos el Malo, y consiguió una aplastante victoria
en la batalla de Cocherel, en el año 1364. En ese mismo año,
en la batalla de Aurai, fue derrotado y hecho prisionero por las tropas
inglesas. El rey francés pagó por su rescate una fuerte
cantidad (100.000 francos).
Una vez que se firmó la paz entre Navarra y Francia, las Compañías
Blancas de Du Guesclín quedaron sin ocupación, esto suponía
un grave problema para la seguridad del reino ya que las tropas, desocupadas,
arrasaban y expoliaban las poblaciones que encontraban a su paso. Para
solucionar el problema, el rey francés envió a Du Guesclín
y sus mercenarios al servicio del pretendiente a la Corona de Castilla,
Enrique de Trastámara, que estaba embarcado en una guerra fratricida
contra su hermanastro, el rey legítimo, Pedro I. Antes de traspasar
los Pirineos, Bertrand de Du Guesclín y sus Compañías
Blancas tuvieron tiempo de saquear la sede papal de Avignon.
2.- Du Guesclín en la Guerra Civil Castellana.
En
el año 1365, Du Guesclín entró en la ciudad de Barcelona,
donde fue recibido por el rey aragonés, Pedro IV el Ceremonioso,
que lo nombró conde de Borja, incluyendo el señorío
jurisdiccional de la villa. El rey aragonés estaba aliado con el
pretendiente a la Corona de Castilla para derribar al rey de Castilla,
quien le era frontalmente adverso. Du Guesclín acompañó
a Enrique de Trastámara en las diversas incursiones que hizo en
Castilla. La campaña fue un puro paseo triunfal para las filas
del pretendiente. Enrique licenció al gran grueso de las tropas
de Du Guesclín, y se quedó tan sólo con un pequeño
grupo, incluyendo al propio Du Guesclín. Enrique se proclamó
rey de Castilla en la ciudad de Calahorra el 16 de marzo de 1366, y a
comienzos de abril del mismo año entró en Valladolid, donde
fue coronado rey. Pero en el año 1367, el rey legítimo Pedro,
ayudado por los ingleses comandados por Eduardo, el Príncipe Negro,
hijo primogénito de Eduardo III, hizo frente a las tropas de Enrique
II en la batalla de Nájera, donde el pretendiente salió
ampliamente derrotado. Enrique II pudo huir a duras penas, ayudado por
el propio Du Guesclín, quien volvió a ser hecho prisionero
por los ingleses, y puesto posteriormente en libertad previo pago de un
fuerte rescate.
Debido a las desavenencias entre Pedro de Castilla y el Príncipe
Negro, Enrique II pudo agrupar nuevamente un gran ejército. Du
Guesclín estaba otra vez entre las filas de Enrique de Trastámara.
Ambos sorprendieron al campamento del rey Pedro, situado en la localidad
de Montiel. El rey, ante esta adversidad tuvo que refugiarse en el castillo
de la localidad con su hueste diezmada. Du Guesclín traicionó
la confianza del rey Pedro, que se encontraba en una situación
límite, prometiéndole facilitarle la salida de Montiel.
El rey fue engañado y entregado en las manos de su hermanastro.
Parece ser que hubo una lucha cuerpo a cuerpo entre ambos, pero cuando
Pedro tenía a su merced a su hermanastro, Du Guesclín le
dio la vuelta, pronunciando la famosa frase de "yo ni quito ni pongo
rey, sólo sirvo a mi señor". El regicidio se consumó
y se instauró en el reino de Castilla una nueva dinastía,
la de los Trastámara.
Enrique II, conocido posteriormente como el de Las Mercedes, una vez
que subió al trono, recompensó grandemente a todos aquellos
que le ayudaron a conseguirlo. Bertrand Du Guesclín fue generosamente
recompensado con el señorío de Molina, Soria, Atienza y
Almazán. Du Guesclín siguió combatiendo al lado de
Enrique, hasta que en el año 1370 volvió a Francia, llevándose
a sus mercenarios. En ese año fue nombrado condestable de Francia.
De vuelta a las órdenes directas del rey francés, combatió
contra los ingleses en el Poitou. En el año 1374 estuvo combatiendo
en la Guyena, también contra los ingleses, los cuales ya estaban
prácticamente expulsados de Francia. Murió cuando intentaba
hacerse con la fortaleza de Chateaunueuf de Rondón.
Du Guesclín representó una nueva manera de entender la
guerra medieval, y se comportó como un auténtico soldado
profesional. En Francia, hoy en día, es considerado como un héroe
nacional, de la misma manera que lo es para España la figura del
Cid.
3.- Compañías Blancas.
Bandas de soldados mercenarios, célebres por su ferocidad, las
llamadas compañías o compañías blancas, sembraron
el terror y la miseria en los campos y villas de la Francia del siglo
XIV, dentro del marco de la Guerra de los Cien Años. Bajo los reinados
de Juan el Bueno y Carlos V de Francia, estos grupos incontrolados de
mercenarios hicieron de la guerra una calamidad permanente en tiempos
de tregua, calamidad que sufriría también el reino de Castilla
al ponerse las compañías al servicio de Enrique de Trastámara
en su guerra fratricida contra Pedro I el Cruel.
La escasa eficacia y los problemas de reclutamiento que presentaba la
leva de tipo feudal para los conflictos de larga duración, hicieron
necesaria la movilización de cuerpos permanentes de soldados, prontos
a entrar en combate a las órdenes de uno u otro señor. Las
compañías representaron, pues, una forma de transición
entre el ejército feudal de carácter vasallático
y el ejército permanente al servicio del estado. Sería en
la Italia de los siglos XIV y XV donde la compañía, llamada
allí condotta, alcanzaría su forma más acabada, convirtiéndose
en un cuerpo permanente de tropas al servicio de un caudillo carismático,
el condottiero.
Formadas por aventureros de dudoso pasado, las compañías
tuvieron su origen en la Inglaterra del último cuarto del siglo
XIV. En esa época, el núcleo esencial del ejército
inglés se componía de compañías mercenarias
reclutadas para un período limitado de tiempo en virtud de "contratos
de guerra". La relativa paz interior del reino británico y
la exportación de la guerra al continente tras el estallido del
conflicto de los Cien Años llevaron este tipo de reclutamiento
también a Francia, en cuyo suelo las compañías cometerían
los mayores desmanes en los períodos de inactividad bélica.
En Francia se llamó a las compañías routes, de donde
proviene el nombre con que sus soldados han pasado a la historia, routiers.
A menudo se situaban al frente de las compañías nobles
de mediana o pequeña condición y de diversa procedencia,
segundones que hacían su fortuna en la guerra. La promiscuidad
de nacionalidades y procedencias sociales llegó a ser mucha en
el seno de estos ejércitos. Así, por ejemplo, en la expedición
que en 1373 dirigió contra Francia el duque Juan de Lancaster,
había veintiocho jefes o capitanes de comitiva, trece de los cuales
eran ingleses (tres condes, siete alféreces, dos caballeros y un
oficial) y quince extranjeros, entre los que se contaba el duque de Bretaña,
tres caballeros castellanos, cuatro holandeses y varios de otras regiones
de Francia. En total, las compañías que tomaron parte en
dicha expedición agrupaban a cerca de seis mil soldados.
Los
capitanes de las compañías y los jefes de expedición
firmaban contratos con el señor que solicitaba sus servicios. A
su vez, los capitanes expedían contratos de reclutamiento que les
permitían mantener sus propias tropas. Cuando, desde mediados del
siglo XIV, se adoptó en Francia esta forma de reclutamiento, se
asimiló también la contratación mediante "cartas
de comitiva", si bien con importantes variantes. Como en Inglaterra,
el rey o su lugarteniente contrataban a un capitán que ofrecía
un contingente particular, a cambio de un sueldo determinado. Pero en
Francia los contratos eran mucho más ambiguos en los términos
del compromiso, ya que no fijaban un límite de tiempo de servicio,
lo que representaba un grave problema puesto que, según la costumbre
del reclutamiento de tipo vasallático, al cabo de un mes cada una
de las partes podía considerarse teóricamente desvinculada
del acuerdo.
Una vez contratados, los capitanes quedaban sometidos a un control relativo
por parte de los oficiales regios. Los mecanismos de supervisión
fueron establecidos en la gran ordenanza dictada por Carlos V el 13 de
enero de 1374, en un intento de evitar los muchos abusos que cometían
los capitanes sobre sus propias tropas (a las que a menudo no pagaban)
y que empujaban a éstas al pillaje y al asesinato entre la población
civil. Los capitanes no discriminaban a la hora de efectuar el reclutamiento
de sus hombres y solían recurrir a gentes indisciplinadas, brutales
y de vida delictiva, mal armadas y pertrechadas. La ordenanza pretendía
además supervisar la idoneidad de las tropas para el combate, exigiendo
unos mínimos de armamento e impedimenta. Era, asimismo, taxativa
en cuanto a la disolución de las compañías, quizás
el principal problema que plantearon éstas: una vez acabado el
servicio a soldada, debían disolverse con la mayor celeridad y
regresar los hombres a sus casas, bajo pena de pérdida de sus caballos
y arneses. Además, los capitanes eran responsables ante el rey
de los desmanes cometidos por sus tropas.
Entre 1340 y 1380 se produjo el auge de las compañías en
el marco de la Guerra de los Cien Años. Para esta época,
esta forma de reclutamiento se había extendido a toda Europa occidental
y en las compañías se mezclaban soldados de las más
diversas nacionalidades. Había, sobre todo, ingleses, genoveses
y alemanes, pero también muchos húngaros, italianos de diversas
regiones, languedocinos, castellanos y aragoneses. Algunas compañías
se hicieron tristemente célebres por su ferocidad: en 1334 los
caballeros de la paloma alemanes sembraron el pánico en la Italia
central; en 1342 apareció la primera Gran Compañía,
mandada por Werner Von Urslingen, en cuya coraza se veía la siguiente
leyenda: "Enemigo de Dios, enemigo de la piedad, enemigo de la compasión".
Poco después apareció la Gran Compañía del
antiguo hospitalario provenzal Montreal d'Albarno, formada por mercenarios
italianos, húngaros y alemanes.
En Francia, Juan el Bueno y Carlos V de Francia, emplearon profusamente
a las compañías en su lucha contra Inglaterra. La mayoría
de los mercenarios que actuaron en territorio francés eran alemanes
y genoveses, muy diestros con el arco. Aparte de las destrucciones que
a su paso dejaban las compañías, su empleo tuvo como consecuencia
la utilización masiva de mercenarios por parte de la corona, que
alentó a los efectivos reclutados mediante la leva forzosa a reclamar
que se les pagara una vez transcurridas las seis semanas de servicio obligatorio
que marcaba la costumbre feudal. De esta forma, todo el ejército,
tanto su componente feudal como mercenario, se convirtió en asalariado.
Los ingresos que recibían los mercenarios se fijaron en ordenanzas
reales desde 1274: los capitanes recibirían veinte sueldos torneses,
diez sueldos los simples caballeros, seis o siete sueldos los escuderos,
quince dineros los arqueros y un sueldo los soldados de a pie. Se creó
un aparato administrativo para proceder al reclutamiento y la supervisión
de los efectivos y el pago de las compañías.
La consecuente profesionalización del ejército desde finales
del siglo XIII y la necesidad de mantener grandes efectivos durante largos
períodos hizo que progresivamente se formaran compañías
compactas, con un fuerte sentido corporativo y dirigidas por un capitán
carismático, que ofrecía sus servicios al mejor pagador.
A mediados del siglo XIV las compañías habían dejado
de ser asociaciones de carácter temporal (cuyo objetivo esencial
era la explotación de una población indígena so pretexto
de servicio de guerra) para convertirse en cuerpos militares permanentes
y expertos en el combate. Las mismas compañías lucharon
en bandos opuestos en diversas etapas, siempre que se les ofreciera una
soldada regular y, sobre todo, una suculenta posibilidad de botín.
Hacia 1360 la "gran compañía" era una societas
societatum, es decir, un conjunto de cuerpos francos que habían
reconocido, mediante una especie de elección, a un jefe supremo
y en cuyo seno imperaba la lealtad corporativa. El caso paradigmático
de estas compañías permanentes fue la "Compañía
Blanca" capitaneada por el inglés John Hawkwood y llamada
así porque sus hombres llevaban un arnés blanco, sin recubrir
de paño (posteriormente se conocería de forma genérica
a estas bandas como "compañías blancas"). Sin
embargo, la forma más típica y acabada de las compañías
permanentes se daría en la Italia renacentista, donde las condotte
se convirtieron en verdaderos ejércitos autónomos que, en
muchos casos, tuvieron en sus manos la política de los estados.
Después de la paz de Brétigny (1360), el problema de las
compañías se hizo acuciante para la monarquía francesa.
Las bandas licenciadas, que se negaban a disolverse, asolaban los campos
y saqueaban las aldeas y ciudades. Las guerras sucesivas habían
atraído a suelo francés a una multitud de desarraigados
cuya única aspiración era vivir a costa de la guerra: crear
la guerra si ésta no existía. Predominaban entre ellos,
además de los muchos franceses de las diversas regiones, ingleses,
gascones, bretones, castellanos, aragoneses y alemanes. Reconocían
como capitanes a aventureros, soldados de fortuna de dudoso pasado que
reunían a su alrededor a una muchedumbre de fieles fanatizados.
A pesar de la heterogeneidad de procedencias y de que las compañías
fueron utilizadas con la misma profusión tanto por Francia como
por Inglaterra, en esta época se conocía a los routiers
con el nombre genérico de ingleses. Hubo muchos famosos capitanes
ingleses, pero otros tantos nada tenían de británicos: Arnaut
de Cervole, oriundo de Auvernia y apodado el Arcipreste, Bertucat d'Albret,
gascón, Seguin de Badefol, natural de Perigord, Petit Mechin, que
era languedocino o saboyano, o Bertrand Duguesclin, el más célebre
de los capitanes de compañía por la posición que
llegó a ocupar en el reinado de Carlos V y que, al mando de sus
Compañías Blancas, sembró el terror en Castilla.
Tras la paz de Brétigny, las bandas de routiers se replegaron
hacia los dominios Capetos, ya que el príncipe de Gales, gobernador
de Aquitania, les había cerrado las fronteras de sus dominios continentales.
A diferencia del inglés, la monarquía francesa carecía
de los recursos militares necesarios para expulsar u obligar a su disolución
a las compañías. Éstas se repartieron de forma desigual
por el reino. Las provincias más afectadas por su azote fueron
aquéllas que habían sufrido menos la guerra y que, por lo
tanto, ofrecían mayores posibilidades de obtener un buen botín:
Borgoña, el macizo Central y el Languedoc. Los routiers se hicieron
con el control absoluto de las regiones montañosas centrales, desde
los confines del Perigord hasta el Delfinado, a través de Auvernia,
Velay, Forez y Lyonnais.
Las diversas compañías carecían de un plan conjunto.
Cada una de ellas -compuesta, a lo sumo, por unos pocos centenares de
hombres- actuaba de forma independiente. Solían tomar por sorpresa
dos o tres castillos de una región, desde los que asolaban el territorio
circundante: obligaban a pagar rescate a sus habitantes, requisaban los
alimentos, cortaban los caminos, secuestraban a las mujeres, vendían
a precios desorbitados los salvoconductos que permitían libertad
de movimientos a personas o aldeas enteras. En algunas ocasiones se reunieron
varias compañías para acometer un plan de mayor envergadura,
como en el caso de la "gran compañía" formada
en 1361 y que, descendiendo por los valles del Saona y el Ródano,
sometió al Papa al pago de un rescate, o como los llamados "Tard-Venus"
('los tardíos', 'los últimos en llegar'), que sembraron
el pánico en la región de Lyón en los años
siguientes.
Ni Juan el Bueno ni Carlos V pudieron realizar el esfuerzo económico
suficiente para librar al país de esta plaga. El Papa lanzaba continuas
excomuniones sobre los routiers y los cristianos que osaran comerciar
con ellos, pero estas sanciones resultaban de escasa eficacia. El peso
de la defensa contra los mercenarios recaía invariablemente sobre
la población. En la mayoría de los casos se optó
por comprar su retirada, lo que provocaba un perpetuo desplazamiento del
problema. La única forma de librarse de los bandidos era mandarles
a luchar a otra parte, con la promesa de sustanciosas ganancias. Carlos
V intentó apartarles de su reino enviándolos, primero, a
Hungría, con el pretexto de contener el avance de los turcos y
enmascarando la añagaza de cruzada. Pero los routiers se negaron
a marchar a los confines orientales de Europa, ya que estaban muy lejos
de sus centros de operaciones tradicionales.
La coyuntura internacional ofreció a Carlos otro escenario, más
cercano y accesible: Castilla, castigada por la guerra civil que sostenían
Pedro I el Cruel y el pretendiente al trono y hermano bastardo del rey,
Enrique de Trastámara. Para semejante cometido, el monarca francés
puso al frente de las Compañías Blancas a su condestable,
Bertrand Du Guesclin, que había hecho su fortuna como routier y
gozaba de gran fama entre los mercenarios.
4.- Las Compañías Blancas en Castilla.
El servicio de las Compañías Blancas fue requerido tanto
por Enrique de Trastámara como por su aliado coyuntural, Pedro
IV el Ceremonioso de Aragón. La concentración de las tropas
mercenarias comenzó en Montpellier en 1365. Du Guesclin reunió
a los grupos más feroces y mejor organizados. Entre los capitanes
que le acompañaron se contaba un nutrido número de gascones
y los temidos capitanes ingleses Hugues de Carverley y Mathew de Gournay.
A fines de diciembre de 1365 las compañías cruzaron los
Pirineos por el Rosellón y, divididas en dos grupos, alcanzaron
rápidamente Barcelona, en cuyas inmediaciones instalaron sus campamentos.
Pronto dejaron sentir su violencia sobre la población aragonesa,
debido a la falta de dinero y al lento avance hacia Castilla. El 2 de
febrero de 1366 los routiers saquearon brutalmente la rica villa de Barbastro.
En marzo, las tropas de Carverley ocuparon Magallón, Borja y Tarazona,
mientras Du Guesclin entraba en Castilla por Calahorra. Allí, siguiendo
el consejo de los dos principales capitanes, Enrique de Trastámara
se hizo proclamar rey de Castilla (16 de marzo). Pedro I se encontraba
en Burgos, muy debilitado por la oposición interna que encontraba
en su propio ejército. El monarca se retiró hacia el sur,
en un intento de alejar a las compañías de sus bases y ganar
tiempo para reagrupar sus fuerzas.
Du
Guesclin avanzó hacia Briviesca, sin hallar resistencia. A principios
de abril, el ejército alcanzó Burgos, donde Enrique se hizo
coronar. El autoproclamado monarca emprendió de inmediato un proceso
que habría de resultar revolucionario para la evolución
de la nobleza castellana: comenzó a otorgar títulos nobiliarios
a diestro y siniestro (mercedes enriqueñas). Los principales caudillos
mercenarios también recibieron su galardón, con títulos
de nuevo cuño: Du Guesclin y Carverley se convirtieron, respectivamente,
en condes de Trastámara y Carrión.
El 11 de mayo las compañías entraron en Toledo. En realidad,
apenas tuvieron que luchar, pues bastaba la mera noticia de la cercanía
de los invasores para que cesara toda resistencia, tal era la ferocidad
de los mercenarios y la escasez del apoyo popular hacia Pedro I quien,
prácticamente derrotado, huyó a Sevilla, de donde fue expulsado
por un motín, y de allí a Portugal y a Galicia. Enrique
y los mercenarios entraron en Sevilla el 25 de mayo. Cuatro meses después
del comienzo de la invasión, la guerra civil parecía saldada
en favor del pretendiente. Creyendo ganada la contienda, Enrique despidió
a la mayor parte de las compañías, conservando sólo
a su servicio a las más disciplinadas, al mando de Bertrand Du
Guesclin y Hugo Carverley.
Pedro I, sin embargo, contaba con el apoyo de Inglaterra, a quien no
interesaba que Francia estableciera su influencia sobre el más
poderoso de los reinos hispánicos. El Príncipe de Gales
comenzó a reunir tropas en Bayona y llamó a su lado a Pedro
de Castilla. En la batalla de Nájera de 1367, las tropas inglesas
al mando de sus más afamados capitanes, lord Chandos y el Príncipe
Negro, infligieron una severa derrota a las compañías de
Du Guesclin. Muchos routiers perecieron en el campo de Nájera y
el propio Du Guesclin fue hecho prisionero. Liberado poco después
gracias a la intercesión de Carlos V, el condestable volvió
a ponerse al servicio de Enrique, al que apoyó hasta su definitiva
victoria en Montiel (1369), donde murió Pedro I. Tras la entronización
de Enrique, Du Guesclin regresó a Francia al frente de sus compañías,
al haberse reanudado la guerra con Inglaterra.

© Pedro Adolfo Rodríguez
Díaz. Septiembre 2002

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