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Orden del Temple (1118-1314)
Pedro Adolfo Rodríguez Díaz
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1.- Definición
Orden militar fundada en los primeros años del siglo XII con el objeto de proteger
a los peregrinos que acudían a Tierra Santa. Al igual que la formación de la otra orden
militar de la época, la del Hospital de San Juan, el clima de Cruzada que respiraba la
Europa medieval incitó a varios caballeros idealistas de procedencia diversa (borgoñones,
franceses y flamencos) a crear un cuerpo, mitad militar y mitad religioso, que se dedicase a la vigilancia
de los Santos Lugares y a perseverar en el mantenimiento de las posesiones de ultramar.
2.- El origen de los caballeros templarios
En el año 1118, un grupo de nueve caballeros, compañeros de armas de Godofredo de Bouillon,
el gran conquistador de Jerusalén, llegaron a Tierra Santa y decidieron dedicar sus vidas a la labor de protección de los peregrinos. Los nueve fundadores fueron Hugo de Payns (primer Gran Maestre de la orden), Godofredo de Saint-Adhemar, Foulques de Angers, Godofredo de Roval, Archimbald de Saint-Amand, André de Montbard, Godofredo de Bisoi, Hugo de Champagne y Payens de Montdidier. El más importante cronista de la dominación europea en los Santos Lugares, Guillermo de Tiro,
relata así el hecho en su Historia rerum in partibus transmarinis gestarum:
"Algunos nobles con rango de caballeros, devotos de Dios, piadosos y temerosos de Él, hicieron voto [...] de vivir perpetuamente en castidad y obediencia y sin propiedades, a la manera de los canónigos regulares, entregándose al servicio de Cristo [...]; su primera empresa, que les fue encargada [...] para la remisión de sus pecados, fue, especialmente, proveer a la protección de los peregrinos custodiando con todas sus fuerzas las rutas y los caminos de los ataques de ladrones y bandoleros".
Quedaba así establecida la dualidad monje-guerrero característica de los pertenecientes a toda orden militar medieval. Ante la carencia de una regla que seguir, los caballeros adoptaron en un principio la benedictina, concedida por el Patriarca de Jerusalén al mismo tiempo que el rey cristiano de Tierra Santa, Balduino II, les cedía, como emplazamiento en la ciudad, las antiguas mezquitas de Qubbat al-Sakhra y Qubbat al-Aksa, situadas en el mismo lugar donde antaño se encontraba el templo de Salomón. Con ello, los caballeros se comenzaron a llamar "templarios" (referente al templo) y a la orden se la bautizó como "del Temple de Jerusalén".
La precaria dominación que los cristianos habían establecido tras la toma de Jerusalén (1099) hacía de la peregrinación hacia Oriente una de las mayores hazañas que un devoto podía plantearse, puesto que, la mayoría de las veces, los peregrinos europeos acababan en las garras de los salteadores de caminos (de una u otra religión). Quizá fue éste el motivo que animó a Hugo de Payns a regresar a Europa para solicitar la ampliación de atribuciones de la orden y unos definitivos estatutos. Pese a que contaba con la aprobación del propio monarca jerosolimitano, lo cierto es que la baza mejor jugada por Hugo fue que uno de los primitivos fundadores, André de Montbard, era pariente próximo del más grande predicador del orbe occidental y uno de los máximos idealistas de la Cruzada: Bernardo de Claraval.
3.- La intervención de San Bernardo y los Estatutos .
El gran reformador del Cister siempre se había mostrado contrario a los ideales caballerescos tan en boga en la Europa medieval, pues los consideraba la más ridícula de las maneras de malgastar las fuerzas y riquezas de un gran número de hombres, caballeros que podían prestar un formidable servicio a otras cuestiones y no al simple hecho de desafiar a la muerte. Naturalmente, Hugo de Payns le ofreció en bandeja la causa: la defensa de la religión cristiana y la lucha contra el infiel.
La asamblea cisterciense convocada en Troyes (1128) bajo los auspicios de San Bernardo acabó conformando la legalidad de la Orden, pese a los graves reparos que la Teología ponía al derramamiento de sangre, ya fuera cristiana o bien de otra religión. Pródigo y rápido en solucionar las más punzantes cuestiones teológicas, San Bernardo hablaba así en su obra De laudibus novae militiae Ihesu Christi, obra que dedicó a ensalzar el servicio que los Templarios podían realizar:
"Aceptar la muerte por Cristo o dársela a sus enemigos no es sino gloria: no es delito. El soldado de Cristo tiene un motivo para ceñir la espada. La lleva para castigo de los malvados y para gloria de los justos. Si da muerte al malvado, el soldado no es homicida. Reconozcamos en él al vengador que está al servicio de Cristo y al liberador de los cristianos".
La aprobación de la orden en el Concilio de Troyes suscitó un gran revuelo en
Europa: un inmenso número de caballeros se vio atraído hacia la Nueva Milicia
de Jesucristo, tanto por el ideal de defensa de la religión como por la
hipotética fortuna (espiritual y crematística) que podían lograr en los
Santos Lugares. Payens de Montdidier y Hugo de Champagne fueron llamados a
Europa para encargarse del reclutamiento de nuevos templarios, así como
de organizar la distribución de todos los donativos monetarios que comenzaban a
llegar de todas las cortes occidentales, para apoyar tan noble y digna causa
procurada por San Bernardo. De manera paralela, se aprobó una regla de la Orden del
Temple basada en la del Cister, en la que quedaban establecidos los votos monásticos
clásicos (pobreza, castidad y obediencia), la humildad y caridad como principios de
observancia, la obligatoriedad de vivir en comunidad y la famosa divisa: Non nobis,
Domine, non nobis sed Nomini tuo da gloriam ("Nada para nosotros, Señor, nada para
nosotros sino dar gloria a tu nombre").
Con posterioridad se le añadió el peculiar uniforme: capa blanca (símbolo
de pureza y reconciliación con Dios), cruz paté de color rojo (concesión
del Papa Eugenio III en 1147) y el estandarte, el Beausant, la enseña
blanca y negra que, mientras estuviese firme y ondeada, significaba que
ningún freile debía dejar de combatir. Los estatutos primigenios aún recogían
la adscripción del Temple al patriarca de Jerusalén. Sin embargo, el sucesor
de Hugo en el Maestrazgo de la Orden, Roberto de Craon (1136-1147), obtuvo
de la Santa Sede dos importantes enmiendas a los estatutos; primero, en
el año 1139 obtuvo la dependencia directa del Papa mediante la bula Omne
datum optimum. Este hecho fue de vital importancia para la Orden, pues
quedaba exenta de pagar los diezmos a los obispados de alrededor y era,
a su vez, autorizada a cobrarlos, no teniendo que responder de sus actos
ante nadie salvo ante el Vicario de Cristo en la Tierra. Además de ello,
en el año 1143, Roberto de Craon obtuvo, mediante la bula Milites Templi,
un aumento de las indulgencias de la orden, así como la disponibilidad
de sus propios capellanes y la completa validez de los sacramentos efectuados
por ellos. El Temple se convertía, así, en una Iglesia en el seno de la
propia Iglesia.
Comenzaba la época dorada de la orden, cuyos caballeros recorrían Tierra Santa
rodeados de un halo de grandeza y santidad; nuevamente es San Bernardo quien
halaga a los milites Christi de la siguiente forma, en la que también se definen
las principales reglas de la orden:
"La disciplina es constante y la obediencia siempre respetada [...]; los
caballeros llevan lealmente una vida común sobria y alegre, sin hijos ni mujer; no
se les encuentra jamás ociosos o curiosos, y no conservan ninguna noción de
superioridad personal; se honra al más valiente y no al más noble [...]; detestan
los dados y el ajedrez, tienen horror de las cacerías, se cortan el pelo al ras,
nunca se peinan, raramente se lavan, llevan la barba hirsuta y descuidada, están
sucios de polvo y tienen la piel curtida por el calor y por la cota de malla,
sudados y manchados por el orín de sus armas [...]; un Caballero de Cristo es un
cruzado permanentemente empeñado en un doble combate: contra la carne y la
sangre [...]".
4.- Organización de la Orden .
Debido al dualismo existente en cualquier orden militar, la distribución de
los recursos templarios ha de dividirse en dos:
4.1.- Organización administrativa.
Toda la base del organigrama templario estaba basado en la existencia de unas
unidades autárquicas que, generalmente, procedían de alguna de las múltiples
donaciones que los señores poderosos o el propio pontífice habían hecho. Estos
territorios eran llamados encomiendas. La multiplicidad de ellas llevó a
establecer un escalafón superior, llamado Priorato, que agrupaba a varias
encomiendas cercanas. Entre sus atribuciones más importantes estaba la de convocar,
al igual que cualquier orden religiosa, el Capítulo General de la Orden, donde se
tomaban las decisiones que afectaban a las encomiendas. El diferente conjunto de
Prioratos templarios estaban agrupados en Provincias: las Orientales (Jerusalén,
Trípoli, Antioquia, Chipre y Rumania) y las Occidentales (Sicilia, Apulia, Italia,
Mallorca, Aragón, Castilla, León, Portugal, Auvernia, Francia, Inglaterra, Irlanda,
Escocia y Alemania). Al frente de ellas había un Maestre provincial, que estaba
supeditado al Gran Maestre de Jerusalén. En este contexto, hay que alabar la
explotación agraria de las encomiendas por parte de los Templarios (quizá por su
conocimiento de lo sistemas de regadío de origen árabe), puesto que no sólo
aseguraban la manutención de sus trabajadores sino que, la inmensa mayoría de
ellas, producía gran cantidad de excedentes que era canalizado hacia Tierra Santa,
bien en especie (alimentos para las tropas), bien en monetario económico (tras
haber vendido los excedentes en los mercados europeos).
Debido tanto a la excelente organización como a la sapiencia de los
administradores, la riqueza de la Orden del Temple comenzó a ser inmensa, ayudada
también por la existencia de dos inmejorables ayudas: las donatios in vitae y la
experiencia bancaria de los Maestres templarios. La primera de ellas es comparada
por algunos estudiosos del tema, no sin cierta razón, al moderno sistema de
financiación llamado Leasing; consistía en que un caballero o señor feudal "se
donaba" a la orden, lo cual le hacía beneficiario de ciertas exenciones fiscales
(como el no pagar diezmos o rentas eclesiásticas), además de compartir el clima de
espiritualidad de la orden. Tras el fallecimiento del donante, todas sus
propiedades, muebles e inmuebles, pasaban a ser propiedad de la Orden.
Por lo que se refiere a la experiencia financiera, y si seguimos las comparaciones
actuales, también deberían figurar los Templarios como los inventores del Cheque
por compensación, puesto que esa era la manera de pago que seguían. Cuando un
caballero templario era enviado a Tierra Santa, se le extendía un talón con la
cantidad que debía percibir a su llegada. La excelente administración de los
fondos monetarios de la orden recibió, como inesperado premio, la continua
revalorización de sus cheques, por lo que en muchos intercambios comerciales de
la época se cambiaba el "dinero del Temple" por considerársele un valor seguro.
Tanto fue el ingenio económico del Temple que la gran mayoría de hacendados
caballeros europeos tenían sus riquezas y dineros bajo el auspicio del tesorero
mayor de la Orden, quien, incluso, en tiempos posteriores, era de facto el
ministro de Hacienda francés (principal provincia europea del Temple). Con todos
estos depósitos, los administradores templarios pusieron gran cantidad de dinero
en circulación, ayudando a operaciones comerciales con sustanciosos beneficios y
siendo deudores, muy frecuentemente, de los grandes empréstitos que los reyes
europeos les pedían para sus astragadas arcas. A este respecto, no se debe olvidar
la prohibición existente en la Europa cristiana acerca del préstamo con interés
(usura), condenado con graves penas espirituales y económicas. Para evitar esto,
el Temple prestaba sin interés a los monarcas europeos, pero recibía a cambio
grandes prebendas, como el cobro de los impuestos reales o la cesión de derechos
y mercedes diversas. Es evidente, pues, el alto poder que la Orden tuvo no sólo
en Ultramar sino también en su continente de origen. A la Iglesia dentro de la
Iglesia se le sumó también otra característica esencial de la orden, origen de su
grandeza y destino de su miseria: el ser un Estado dentro de los diferentes
estados.
4.2.- Organización militar.
Esencial
para la expansión de los Milites Templi fue su capacidad bélica, organizada
de modo ejemplar en el empleo de los recursos militares. Comenzando por
el escalafón superior, en ella se encontraban los Maestres de las Provincias,
igualados todo en rango. La única prioridad que el de Jerusalén tenía
sobre el resto era la de dirigir las tropas; sin embargo, tras la llegada
de Roberto de Craon al maestrazgo jerosolimitano, el posesor de este cargo
quedaba convertido en Gran Maestre de la Orden del Temple, por debajo
del cual se encontraban tanto los maestres provinciales como los priores.
En sensu stricto, la orden continuaba sus escalafones con los caballeros
(fratres milites), los capellanes (fratres capellanis), los escuderos
(fratres armigeri) y los menestrales y agricultores (fratres famuli y
fratres oficii).
Con el paso del tiempo y las continuas ampliaciones de su poder, el organigrama
militar se fue complicando, especialmente en lo que se refiere a las tropas
que prestaban su servicio en Tierra Santa. El Gran Maestre pasó a estar
asesorado en materia militar por un consejo, formado por un Senescal,
un Mariscal (con mando directo sobre las tropas) y un Tesorero (encargado
de los asuntos económicos y, en especial, de proveer con rapidez el presupuesto
de las campañas bélicas). Del escalafón de los fratres armigeri se elegía
a seis sargentos con una determinada función: Submariscal (responsable
de todos los sargentos), Pañero (embargado de la intendencia), Gonfaloniero
(sobre el que recaían tanto las estrategias como la correcta formación
de las tropas) y Turcoplier (jefe de las tropas de mercenarios turcos,
llamados turcopliers o turcópolos). Los otros dos sargentos se encargaban
de organizar al personal auxiliar. Los mercenarios turcos fueron vitales
para los progresos de unas milicias cuyo conocimiento del terreno y de
las tácticas militares del enemigo era nulo; sin embargo, el hecho de
crear un cuerpo ex profeso para suplir esta carencia demuestra, una vez
más, la valía militar del Temple. A la Iglesia y al Estado se le sumaba
no ya un ejército, sino el más poderoso ejército, tanto en calidad como
en cantidad, de la cristiandad latina.
5.- Maestres de la Orden .
| 1118 - 1136 |
Hugo de Payns |
| 1136 - 1146 |
Roberto de Croan |
| 1146 - 1149 |
Everardo des Barres |
| 1149 - 1153 |
Bernardo de Tremelai |
| 1153 - 1156 |
Andrés de Montbard |
| 1156 - 1169 |
Bertrando de Blanquefort |
| 1169 - 1171 |
Felipe de Milly |
| 1171 - 1179 |
Odo de St. Amand |
| 1179 - 1184 |
Arnoldo de Toroga |
| 1185 - 1189 |
Gerardo de Ridfort |
| 1191 - 1193 |
Roberto de Sable |
| 1193 - 1200 |
Gilberto Erail |
| 1201 - 1208 |
Felipe de Plessiez |
| 1209 - 1219 |
Guillermo de Chartres |
| 1219 - 1230 |
Pedro de Montaigu |
| 1232 - 1244 |
Armando de Perigord |
| 1245 - 1247 |
Ricardo de Bures |
| 1247 - 1250 |
Guillermo de Sonnac |
| 1250 - 1256 |
Reinaldo de Vichiers |
| 1256 - 1273 |
Tomás Berard |
| 1273 - 1291 |
Guillermo de Beaujeu |
| 1291 - 1293 |
Teobaldo de Gaudin |
| 1293 - 1314 |
Jacobo de Molay |
6.- La intervención del Temple en Tierra Santa.
La defensa de los Santos Lugares, misión por la que toda Europa emitió una preocupación común hasta entonces desconocida, tuvo en la orden del Temple su más fiel y honroso adalid. El primer hecho del que se tiene constancia de la puesta en marcha de la maquinaria bélica del Temple tuvo ocasión en 1147, cuando el Gran Maestre, Roberto de Craon, acompañó al ejército cruzado del rey francés Luis VII, salvando a las desorientadas tropas europeas de varios desastres. En el año 1153, los templarios realizaron una de las mayores hazañas de las Cruzadas, como fue el asedio de Ascalón, importantísimo enclave para controlar Asia menor. Aproximadamente por estas fechas nació el que había de ser el gran enemigo de los templarios: Saladino I, hijo del atabeg de Mossul, que fue proclamado sultán en 1171.
Antes de ello, la orden del Temple ya había mostrado sus desavenencias con la otra gran orden de Ultramar. En efecto, templarios y hospitalarios han pasado a la historia como los "gemelos que se devoran en el seno de su propia madre", puesto que los intereses comerciales de los primeros eran odiados por los segundos, mientras que para el Temple, bajo la apariencia de caridad, el Hospital de San Juan escondía una pléyade de intrigantes que sólo deseaban el poder militar de los Milites Christi. Por otra parte, el espíritu de cruzada había comenzado a declinar en Occidente y ello repercutió en los envíos de tropas, dejando el camino libre para Saladino que, tras asestar un duro golpe a los cristianos en la batalla de Marj Ayyun (1179), acabó por destrozar al Temple y, por extensión, a los reinos cristianos de Asia en el denominado desastre de Hattin (1187).
Con ocasión de las derrotas de la orden se ha podido saber algunas cosas más acerca de sus costumbres militares. Además de la ya mencionada devoción al Beausant, los templarios estaban obligados a seguir al estandarte del Hospital en caso de que cayera el suyo; si éste también caía, seguían el estandarte de cualquier príncipe cristiano hasta que ya no quedase ninguno, pese a lo cual seguiría luchando hasta la muerte o extenuación. Bajo ningún concepto podían retroceder en la lucha (costaba la expulsión directa de las milicias) y, tras ser capturados, no podían delatar ni salvarse de ningún modo. Nunca se rescataba a los prisioneros que, como consecuencia de ello, eran ejecutados y enterrados en una fosa común sin ninguna identificación exterior. La dureza de sus condiciones cumplía todas las etiquetas del código de caballería, por lo que no es de extrañar la lluvia de adhesiones que la vida del Templario despertó entre los caballeros europeos.
En los últimos tiempos de dominación cristiana de Ultramar, la orden del Temple pareció inclinarse más al próspero y floreciente negocio que significaba su prestigio. Prueba de ello fue la negativa a participar en la cruzada efectuada por Federico II Hohenstaufen (1228-1229), puesto que éste había dispuesto que sus aliados venecianos se hiciesen con todo el control de las rutas comerciales, algo intolerable para una orden que ya se había construido su propia flota y que contaba con varios puertos francos tanto en Europa (La Rochela, Colliure, Marsella...) como en Ultramar (San Juan de Acre).
7.- La caída de los templarios.
Pese a que Federico II fue coronado emperador de Jerusalén en 1229, el cerco sobre los reinos latinos de Oriente se estrechaba constantemente. En el año 1291, la última posesión cristiana en Tierra Santa, San Juan de Acre, cayó en manos musulmanas, dando por finalizados casi doscientos años de dominación europea. Con ello, la labor para la que fue creada la orden del Temple desapareció por completo, por lo que los templarios regresaron a Europa.
En el Viejo Continente aún permanecían intactas todas las prerrogativas concedidas en la vorágine conquistadora, debido a lo cual, la llegada en masa de las Milicias de Cristo no afectó demasiado a los freiles, que desde ese momento se mostraron más ociosos y más despreocupados de sus votos: ya no había enemigo al que combatir, sólo quedaba dedicarse a vivir de las múltiples rentas que la orden tenía. Sin embargo, allí donde su situación era más ventajosa (en Francia), el Temple halló a su más ínclito enemigo: Felipe IV el Hermoso, uno de los más intransigentes y autoritarios monarcas medievales. Como guardián más celoso de la autoridad real, y también debido a su peculiar codicia, Felipe IV no tardó en abrigar los más fervorosos deseos de dominar la infraestructura y los fabulosos tesoros (aumentados más, si cabe, por la imaginación popular) de los caballeros templarios.
Después de varias maniobras en la sombra, como el intento de fusión de todas las órdenes militares bajo su maestrazgo o la interpelación ante el Papa para que diera el visto bueno a la confiscación de sus tesoros, Felipe IV pasó a la acción directa. Para ello contó con tres ayudas fundamentales: la elevación de un prelado francés al solio pontificio, Bertrand de Got, que tomó el nombre de Clemente V (primer Papa en aceptar la imposición del traslado a Avignon), la del canciller del reino, Guillaume de Nogaret (un primer ministro no menos ambicioso que su rey) y, por último, la de un tal Esquin de Floyran, antiguo prior de una encomienda templaria que, tras haber sido despedido de la corte aragonesa por Jaime II (debido, según parece, a la falsedad de su historia), proporcionó a Nogaret y al propio rey toda una pléyade de acusaciones contra los templarios. Con todos los cabos bien atados, el día 14 de septiembre de 1307 las firmas de Nogaret, Felipe IV y Clemente V autorizaron al ejército a desarmar a la orden, confiscar sus tesoros y entregar a los freiles en manos de la Inquisición. El mandato regio se expresaba así:
"Hemos sabido recientemente [...] que los hermanos de la orden de la Milicia del Temple, ocultando al lobo bajo la apariencia del cordero [...] insultan miserablemente a la religión de nuestra fe [...]; cuando ingresan en la orden y profesan, se les presenta su imagen y, horrible crueldad, le escupen tres veces al rostro [...]; Esta gente inmunda ha renunciado a su gloria por la estatua del becerro de oro e inmolando a los ídolos [...]; el comendador le conduce [se refiere a la ceremonia de iniciación de un freile] secretamente detrás del altar [...] , le hace despojarse de sus ropas y el receptor lo besa al final de la espina dorsal, debajo de la cintura, luego en el ombligo y luego en la boca, y le dice que si un hermano de la orden quiere acostarse con él carnalmente, tendrá que sobrellevarlo porque debe y está obligado a consentirlo [...]; se disponen en torno al cuello de un ídolo que tiene la forma de una cabeza de hombre con una gran barba, y que esta cabeza se besa y adora en los capítulos provinciales [...]; después de esto, se abrirá una investigación especial".
8.- El juicio y la condena.
El
abismo que separa la imagen del templario según los textos de Bernardo
de Claraval al idólatra que describe, aunque con clara exageración, el
último texto, fue suficiente para que el 13 de octubre del citado año
fuesen apresados todos los miembros de la orden (incluido el Gran Maestre,
Jacques de Molay) y Felipe IV lograse, por fin, su más anhelado sueño.
Apenas una semana más tarde comenzaron los interrogatorios donde, "ayudados"
por la formidable maquinaria de la Inquisición, los templarios confesaron
haber cometido, una por una, todas las acusaciones que se les imputaban:
apostasía, practicar y tolerar la sodomía y los contactos íntimos de tipo
homosexual, adorar a un ídolo (conocido con el nombre de Bafomet) y no
celebrar la consagración en sus misas. De manera paralela al proceso,
Felipe IV y Nogaret enviaron misivas oficiales a todos los monarcas de
la cristiandad, exhortándoles a realizar idéntica acción contra el Temple,
consejo que no fue seguido en ningún otros sitio salvo en Francia; como
mucho, las orden quedó abolida y sus posesiones pasaron al Hospital o
a otras órdenes creadas para tal efecto (de Cristo en Portugal o Montesa
en Aragón). El Gran Maestre de la orden, Jacques de Molay, desempeñó un
papel importante en el último capítulo de la historia del Temple. Al comenzar
las primeras desavenencias entre Felipe IV y el Papa, motivadas por establecer
cuál tribunal (laico o eclesiástico) debía juzgar a los reos, Jacques
de Molay (que había sido el primero y el más ruidoso en sus confesiones),
una vez establecido ante el tribunal pontificio, comenzó a arrepentirse
de sus confesiones, quizá en un arranque de dignidad o tal vez pensando
que, al sembrar la duda en el pontífice, ganaría tiempo para reorganizar
la defensa judicial de su orden. Pero Felipe IV y Nogaret habían apostado
demasiado fuerte como para rendirse. El Papa, seguramente el más confundido
de todos los protagonistas, pasó a convocar el concilio de Vienne (1311),
cita crucial donde se decidiría el juicio. Molay, definitivamente resuelto
a salvar la dignidad del Temple, revocó todas sus confesiones anteriores
y acusó a los franceses de impíos, herejes, codiciosos y de haber obtenido
las pruebas mediante el uso indiscriminado de torturas diversas. Tal arranque
de dignidad, extendido por todos y cada uno de los miembros encarcelados,
sólo sirvió para que el brillante equipo de teólogos franceses decidiera
que los templarios habían caído en uno de los crímenes más abominables
de la cristiandad medieval: cometer perjurio en una citación (las confesiones
eran juradas), es decir, ser relapsos. Como tales, la condena a morir
en la hoguera era sólo cuestión de tiempo. Aún resistió Clemente V a aprobar
tan complicado asunto hasta 1314, pero la presión de los Estados Generales
franceses y del rey, indignado ante la tardanza del anunciado desenlace,
le hizo claudicar a comienzos de la primavera: el 18 de marzo de 1314
Jacques de Molay y unos cuarenta altos dignatarios de la orden fueron
quemados en una de las orillas del Sena preparadas para tal efecto.

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