Pedro Adolfo Rodríguez Díaz

 

1.- Definición

En la Edad Media, combate a caballo entre caballeros armados con lanzas que se enfrentaban a lo largo de diferentes rondas: los torneos medievales gozaron de gran aceptación entre el público.


2.- Historia

Combate entre caballeros que tuvo su origen en torno a los inicios del siglo XI. Su nombre proviene del término "tornear", haciendo referencia a que en los iniciales, los participantes giraban alrededor de un circo simulando una batalla. Éstos podían ser tanto individuales como colectivos.

Los que adquirieron mayor fama fueron las fiestas populares en las que se enfrentaban caballeros con armas pesadas, que se denominaron "armas corteses" pues simulaban al armamento de combate habitual pero carente de su potencial ofensivo (mazas sin asperezas, espadas romas y lanzas embotadas). Se celebraban en grandes solemnidades y servían fundamentalmente como adiestramiento de la clase militar, para solucionar querellas de toda índole entre los nobles y sobre todo como medio de distracción de los participantes y del público asistente.

En un principio cada país organizaba sus propios torneos, sujetos a leyes individuales, pero posteriormente se codificó una serie de normas en varios tratados, con lo que se les daba carácter internacional. El más aceptado de estos tratados fue el escrito por Godofredo de Preully en 1066 y que fue adoptado por Inglaterra, Alemania, Italia y España. Los torneos son un claro producto del feudalismo y de la caballería; solían convocarse en los alrededores de los castillos, en los cuales se habilitaba un gran óvalo cercado en el que trascurría la liza, y se construían unas gradas para el público asistente, que se decoraban con elegancia y lujo, pues solían ocuparlas altos cargos de la jerarquía nobiliaria, emperadores y reyes. Para el pueblo llano se construían también gradas, pero sin la decoración y el lujo de las anteriores. Los pueblos y villas de los alrededores se engalanaban para la ocasión, pues debían ofrecer alojamiento a los ilustres participantes.

El organizador del torneo solía enviar heraldos a los diversos caballeros, tanto de las cercanías como de lugares muy alejados, con una invitación en la que se especificaban las normas que habían de seguirse. Los que aceptaban debían especificar su linaje, pues sólo los iguales podían enfrentarse en dichas lides. Cada uno de los participantes situaba su estandarte en el campo del torneo. Cuando todos estaban en su posición, cada cual elegía un estandarte y éste sería su contrincante en la lucha.

Para que las normas del torneo fueran respetadas, una serie de caballeros con probados conocimientos sobre las reglas actuaban como jueces, eran también los encargados de supervisar que las armas fuesen adecuadas y tomaban juramento a los participantes sobre su noble comportamiento; una vez iniciada la contienda se encargaban de contabilizar los puntos que cada caballero iba consiguiendo.

El torneo se iniciaba con un combate entre dos participantes a caballo, los cuales se lanzaban de frente y de manera que al cruzarse las lanzas lo hiciesen por el lado izquierdo de ambos. Después de varios pases, el vencedor era el que había roto más lanzas contra su adversario. En numerosas ocasiones se producía el choque de los caballos, lo que entrañaba un serio riesgo, tanto para los jinetes como para las monturas. Por ello, se procedió a separar el campo con una valla de forma que cada jinete cabalgaba por uno de los lados de la misma.

Tras esta lucha a caballo, se iniciaba la confrontación a pie para la que se utilizaban las mazas y espadas romas. La última parte del espectáculo consistía en una lucha masiva a caballo, para la cual se dividía a los participantes en dos grupos que luchaban hasta que el rey de armas daba la señal de detenerse.

A pesar de que las armas que se empleaban estaban especialmente realizadas para no causar daños, era muy frecuente que éstos se produjesen; en numerosas ocasiones llegaba a perecer alguno de los caballeros participantes. Por este motivo, tanto la Iglesia como las distintos países tomaron cartas en el asunto, y aunque no llegaron a prohibirlos, trataron de conseguir el juramento de los participantes de que tan sólo irían a estos festejos con el fin de adiestrarse militarmente.

Los caballeros participantes en los torneos contaban con diversos alicientes, entre ellos el conseguir renombre y fama entre sus iguales y desde luego el conseguir el premio característico de estas fiestas, el regalo que al ganador le otorgaba la dama por la cual luchaba y que solía consistir en una prenda o joya que ésta le regalaba. Los torneos finalizaban con un gran banquete en honor de los vencedores, en el cual las damas escanciaban el vino a los victoriosos héroes. Pero las hazañas de éstos no acababan aquí, pues los trovadores cantaban sus gestas de castillo en castillo, convirtiéndoles así en personajes legendarios.

Otra modalidad de las justas consistía en un desafío que uno o varios caballeros lanzaban contra todos aquellos que quisieran retarles, usualmente los retadores ocupaban un puente o cualquier otro lugar de paso y proclamaban que cualquier caballero que quisiese cruzarlo y fuera digno de enfrentarse a ellos debería combatir. Un ejemplo clarificador es el conocido paso de armas protagonizado por un caballero leonés, Suero de Quiñones, entre el 10 de julio y el 9 de agosto de 1434, con el propósito de honrar a la dama de la que estaba enamorado.

A partir de finales del siglo XVI los torneos y justas cayeron en desuso, aunque de manera excepcional se siguieron produciendo, pero ya no eran más que parodias de los mismos, pues se evitaba todo riesgo para los participantes. Los últimos se produjeron en 1883, en Barcelona para conmemorar la subida al trono de Isabel II y poco después en Inglaterra en el castillo de Eglington.


3.- Paso de Armas

En la Europa medieval, se conocía con este nombre al espectáculo deportivo-militar mediante el cual un caballero, llamado mantenedor, individualmente o en compañía de otros, efectuaba un desafío caballeresco a cualquier otro u otros caballeros, llamados aventureros, que, generalmente, consistía en mantener un combate armado en el sitio o lugar indicado por el mantenedor, que prohibía la entrada o el paso (de ahí el nombre que recibe el espectáculo) al resto de caballeros, salvo que éstos quisiesen combatir. Junto con las justas y los torneos, los pasos de armas medievales fueron los más grandes espectáculos deportivos de la época, semejantes a las Olimpiadas en la Grecia Antigua o a las luchas de gladiadores en Roma, teniendo como diferencia principal con éstas que la participación, organización y reglamentación de los pasos y similares estaba acaparada por el estamento social más elevado, la nobleza, que utilizó buena parte de sus contenidos con afán propagandístico de su preeminencia social.


4.-Los pasos de armas y la mentalidad caballeresca

En la práctica, todo el elenco de celebraciones lúdico-militares de la Edad Media es bien conocido en nuestros días, bien a través de la literatura, bien a través del arte, e incluso mediante la brillante puesta en escena de espectáculos teatrales o cinematográficos. Así, las justas caballerescas, los torneos entre dos jinetes a caballo, o entre dos caballeros a pie que pelean con espadas, hachas y escudos, no necesitan mayor mención. Sin embargo, quizá sea el paso de armas el que, desde una perspectiva actual, sea menos conocido y, desde luego, mucho más difícil de comprender sociológicamente para la mentalidad de nuestros días, no en cuanto a su funcionamiento y desarrollo, pero sí en lo tocante a los motivos que llevaban a los caballeros medievales a realizarlo.

En principio, aunque justas, torneos y pasos de armas no dejan de estar intrínsecamente relacionados, lo que distingue al paso de armas es, evidentemente, su aparatosidad y el despliegue de medios para llevarlo a cabo. Como primera premisa a seguir, la convocatoria del paso exigía al mantenedor o mantenedores redactar por escrito las condiciones del mismo, amén de asegurarse que esas condiciones llegaban al resto de caballeros. En este ingrediente epistolar está la base de una de las literaturas más típicas de la Edad Media, íntimamente relacionada con el universo de los torneos y pasos: las cartas o carteles de batalla. El otro ingrediente fundamental de los pasos de armas era el voto "El sentido del voto es, por regla general, el de imponerse una privación, como estímulo para apresurar la ejecución del hecho prometido". La existencia de votos caballerescos, en principio, está documentada para el terreno militar desde los más tempranos tiempos medievales; así, era frecuente que un guerrero anunciase, por ejemplo, que no comería o bebería nada, o que no se afeitaría la barba, hasta haber acabado con sus enemigos. Sin embargo, en relación con los pasos de armas, el sentido del voto está íntimamente relacionado con la extensión del ideal caballeresco emanada de las órdenes militares: puede decirse que el declive de éstas, en cuanto a su labor formal desarrollada durante las Cruzadas, hizo extender, sociológicamente, el ideal desde lo singular a lo colectivo, es decir, desde unos cuantos caballeros hasta todos los rincones de la sociedad medieval, incluyendo los votos que hacían los freires.

Como aderezo final a los ingredientes, la rigurosa y, en algunos casos, escrupulosa reglamentación hacía necesaria la presencia de árbitro y jueces, con lo que se conformaba un aspecto totalmente deportivo a la celebración. Téngase en cuenta que los caballeros que aceptaban el desafío, como mínimo, necesitaban unas garantías precarias de que se iban a respetar las condiciones de seguridad enunciadas en la convocatoria. En este sentido, los oficios heráldicos de la Edad Media (reyes de armas, persevantes, heraldos y farautes) desempeñaron el papel de arbitraje absolutamente necesario para la celebración de los pasos de armas, lo que se traducía en un evento puramente deportivo al estilo caballeresco. La importancia de la heráldica en el desarrollo de estos espectáculos fue vital, si se entiende la heráldica no en el sentido científico y erudito con que la entendemos hoy día, sino como una verdadera corte de funcionarios encargados de preparar, diseñar y poner en funcionamiento todo el universo de códigos semióticos derivados de la utilización de colores, emblemas, escudos de armas, además de sus especiales cometidos ceremoniales en justas, torneos y pasos de armas. Además de esta labor propia efectuada por los oficiales heráldicos, cabe decir que muchos de ellos, sobre todo quienes actuaban en calidad de notarios de las celebraciones, fueron los directos causantes de la posterior difusión de los pasos de armas, al describir brillantemente la puesta en escena y todos los detalles en algunas de sus obras; éste es el caso, por ejemplo, de Antoine de la Sale, juez del Pas de la Joyeuse Garde (1446), y también de Pero Rodríguez de Lena, asistente al Paso Honroso de Suero de Quiñones, a cuyas notas cabe adjudicar el tremendo éxito de la obra del caballero leonés en las imprentas durante el siglo XVI.

En la introducción se ha vinculado a los pasos de armas con una especie de celebración deportiva medieval, semejante a otras competiciones deportivo-culturales o espectáculos.

"La lucha deportiva de la Edad Media diferenciase del atletismo griego y del moderno [...] por su mucha menor naturalidad. Para aumentar la tensión causada por la lucha, dispone del incentivo del orgullo y del honor aristocráticos y del efecto de la pompa erótico-romántica y artística. Está sobrecargada de ornamentación y magnificencia, demasiado llena de una fantasía multicolor. Es, además de un juego y un ejercicio corporal, literatura aplicada."

5.-Pasos de armas en la Europa medieval

Después de fijadas las normas, de difundir el contenido del paso y, por supuesto, de hacerse cargo de los enormes gastos y esfuerzos materiales para la realización del mismo, llegaba el día en que mantenedores y aventureros se encontraban, en el lugar y fecha fijados para tal efecto, con la brillantez ornamental precisa, para llevar a cabo el paso. Los jueces, notarios y oficiales heráldicos, después de verificar la corrección de los contendientes, decidían el comienzo de la fiesta, una fiesta en la que también daba ocasión para que:

"Entre combate y combate, había tiempo y lugar para la convivencia de una clase señorial convocada por el ocio, la fama o el dinero y, en lo que cabe, ante un público deslumbrado (de eso se trataba: de deslumbrar) por el alarde de destreza, lujo y fantasía de los protagonistas, sus señores."

Los primeros pasos de armas de los que se tiene constancia se confunden, merced a su todavía parco desarrollo figurativo, con torneos y justas, dos de las modalidades también usadas en los pasos. Los mejores ejemplos, ya plenamente constituidos, proceden de mediados del siglo XV: son famosos, especialmente, los organizados en la corte borgoñona, una de las más cultas, refinadas y barrocas de la Baja Edad Media, como el Pas de l'Arbre Charlemagne (1443) y, especialmente, el ya mencionado Pas de la Joyeuse Garde (1446), organizado por René de Anjou en honor de Jeanne de Laval, su futura segunda esposa, y en la que, durante cuarenta días, mantenedores y aventureros lucharon en un escenario propio de un decorado de superproducción cinematográfica: un castillo de madera, en el que había un verdadero zoológico, recreado por René de Anjou para imitar la belleza de la corte artúrica, con todo tipo de reminiscencias a la historia de Lanzarote del Lago.

Se pueden destacar muchos más, como el Pas de la Belle Pélerine (1449), acontecido en las cercanías de Saint-Omer, protagonizado por uno de los más famosos caballeros andantes medievales, Jean de Luxemburgo, o el Pas du Pin aux Pommes d'Or (1449), celebrado en Barcelona como agasajo de Gastón IV, conde de Foix, ante su inminente boda con Leonor de Aragón. En la península ibérica, con todo, los más famosos fueron el Paso de la Fuerte Ventura (1428), organizado por el infante don Enrique de Aragón como respuesta al despliegue de medios del condestable Álvaro de Luna en otras fiestas, y, sobre todo, el ya mencionado Paso Honroso de Suero de Quiñones (1434), quizá uno de los pasos más paradigmáticos en cuanto a motivaciones caballerescas, puesta en escena literaria y fastuosidad en los medios. Muchos otros pasos de armas que se dejan en el tintero (el Pas de la Dame Sauvage, el Pas de l'Arbre d'Or, el Pas de la Fontaine des Pleurs o el de la Rocher Périlleux) son, igualmente, destacables por participar de todos los componentes teóricos ya vistos, pero una breve descripción de ellos, aunque somera, haría interminables estas líneas.


6.- La literatura en los Pasos de Armas medievales

Según la opinión de quien mejor comprendió la sutil y refinada decadencia tardomedieval causante de todo el universo caballeresco, el historiador holandés J. Huizinga, la búsqueda de una vida mejor y la añoranza de los tiempos pasados (que siempre, en todas las sociedades que analizan su presente, aparecen como mejores), fueron los factores que galvanizaron todos estos espectáculos, en una época en la que es cierto que la literatura imitaba a la vida cotidiana, pero no menos que la vida cotidiana imitaba a la literatura, especialmente en el plano de las novelas de caballerías y del elenco de imágenes, gestos y gestas narrados por la literatura artúrica: "El embellecimiento de la vida aristocrática con las formas del ideal, la luz artificial del romanticismo caballeresco proyectándose sobre la vida, el mundo enmascarado con el magnífico traje de la Tabla Redonda. La distancia entre la forma de la vida y la realidad es sumamente grande; la luz es falsa y ofuscante". Una sociedad jerárquicamente establecida, con preponderancia del dominio aristocrático, como la de los s. XIV y XV, enfrascada en la construcción de las monarquías modernas, y que tenía en la antigüedad romana y griega sus modelos de edificación, fomentados por el Humanismo, no pudo más que echar de menos los tiempos en que las espadas, las conquistas, las aventuras caballerescas y, en definitiva, todo un mundo desconocido y atractivo, o, mejor dicho, atractivo por ser desconocido, parecía ser infinitamente mejor que aquel que le había tocado vivir. La expansión interna de las monarquías feudales, la lucha contra los invasores germánicos y, especialmente, las Cruzadas, eran sucesos añorados de un pasado heroico y, aunque titubeante, extraordinariamente hermoso. Por eso, nada mejor que lanzarse sobre la literatura para recrear artificialmente el ideal anhelado.

En la anterior enumeración sobre los ingredientes de los pasos de armas habrá quien haya echado en falta a la literatura artúrica. Sin entrar en otras consideraciones que harían interminables estas líneas, cualquier paso de armas efectuado en la Edad Media europea se basa en un modelo literario proporcionado por uno de los más conocidos integrantes del roman artúrico: el Erec y Enid de Chrétien de Troyes, compuesto alrededor del año 1170. En el episodio de la Joie de la Cort, Erec se introduce en un castillo donde una hermosa dama yace sobre una cama de plata; un caballero, Maboagrains, le impide que se acerque, hasta que se entabla una pelea entre ambos. Erec, el vencedor de la contienda, inquiere a Maboagrains la razón de la disputa, a lo que éste responde que, tiempo atrás, al enamorarse de la dama yaciente, había hecho la promesa de permanecer a su lado hasta que otro caballero le venciese; Erec, al vencerlo, le había liberado de su voto. No hace demasiada falta decir qué imágenes, qué palabras, qué gestos y qué hazañas pasaban por la mente de, entre otros, Suero de Quiñones o René de Anjou, para motivarles en la realización de sus pasos de armas. ¿Podría un caballero demostrar de mejor manera su gusto por recrear un pasado mejor, a través de una narración literaria, como realizando tal demostración festiva? ¿Cuántas damas darían su vida por verse honradas, amadas y agasajadas de tal forma por un caballero? Posiblemente, estas preguntas puedan hacerse también en la época actual, y seguro que tendrían la misma respuesta afirmativa.

Al antecedente artúrico se unieron, durante los siglos XIV y XV, géneros literarios nacidos como resultado de la interacción ente el ideal caballeresco y el amor cortés: es obligatorio destacar las novelas sentimentales (como el Roman de la Rose o la Cárcel de Amor), las novelas de caballerías (con mención especial al Amadís de Gaula, verdadero best-seller de los siglos XV y XVI, o al Tirant lo Blanc), e incluso la Qüestión de Amor, donde el ideal de competición militar se extendía, incluso, hasta las damas, que justaban para demostrar su honra y valentía.

Si se analiza más detenidamente, y ya en clave historiográfica, el objeto de estas líneas, como en otros tantos aspectos de la vida medieval, los pasos de armas fueron la puesta en escena, por parte del estamento social superior, la nobleza, de su concepción representativa de clase señorial como elite de poder. Sin caballeros no hay caballería, y sin nobleza no hay fiestas en las que el despliegue efectista de colorido, mensajes heráldicos, suntuosidad en las joyas, induzca a valorar la riqueza como símbolo del poder. Es posible imaginar, hoy día, a los vasallos, burgueses, aldeanos o peregrinos que asistieron al espectáculo como seres totalmente deslumbrados ante la suntuosidad desplegada por la oligarquía dirigente. La unión entre el homo bellans y el homo ludens (tan querido por Huizinga) proporcionó a la nobleza un campo abierto para demostrar su alto grado de nivel social, pero también para manejar, contentar y distraer, lúdicamente pero también a modo de manipulación, al pueblo llano.

Antes de finalizar, parece oportuno incluir alguna referencia al elemento de los pasos de armas que, desde una perspectiva actual, es el de más complejo entendimiento: la peligrosidad inherente a la celebración. Efectivamente, el riesgo, como en otras tantos espectáculos festivos actuales, era uno de los elementos fundamentales de justas, torneos, pasos de armas y derivados. Y, para observar claramente su importancia, nada mejor que señalar los numerosos caballeros que perdieron la vida durante la celebración de un paso de armas como, por ejemplo, Asbert de Claramunt, caballero catalán fallecido en el transcurso del Paso Honroso de Suero de Quiñones y al que, en virtud de las prohibiciones eclesiásticas vigentes, incluso no se le permitió que fuese enterrado en suelo bendecido. Para paliar este riesgo, las autoridades eclesiásticas reiteraron constantemente, durante toda la Edad Media, las prohibiciones a la celebración de estos espectáculos, como ponen de relieve las disposiciones de los concilios de Clermont (1130) y Reims (1131), así como dos de los celebrados en Letrán (1139 y 1179). Piénsese, por ejemplo, que uno de los máximos detractores del ideal caballeresco que fundamentaba la actividad torneística, Bernardo de Claraval, fue el autor de la regla templaria, en un infructuoso intento por canalizar este espíritu hacia querellas más necesitadas de ese esfuerzo que el ocio de la clase nobiliaria. También la legislación civil, como es el ejemplo de las Siete Partidas alfonsíes (II, XXIII, XXVII), intentaban definir escrupulosamente a torneos y pasos como meros entrenamientos deportivos y militares, para que se minimizase el riesgo. Todo fue en vano, ya que sin el peligro no hay tensión dramática, esencial en los grandes espectáculos. Para comprender en la actualidad la necesidad final de riesgo en los pasos de armas, nada mejor que compararla con el mundo de los toros, o incluso con el fútbol, donde las muertes, por diferentes motivos, se suceden también sin parar, contraviniendo muchas veces la legalidad vigente, sin que las alabanzas hacia el puro sentido del espectáculo decaigan. Como en otros tantos aspectos de la vida cotidiana, la lejanía de los tiempos no es tanta como muchas veces se cree, y los pasos de armas representan una excelente muestra, en sentido histórico y sociológico, para calibrar estas pervivencias lúdico-festivas y su desarrollo en la sociedad europea occidental.


7.- Paso Honroso (1434)

Nombre con que se conoce al paso de armas protagonizado por un caballero leonés, Suero de Quiñones, entre el 10 de julio y el 9 de agosto de 1434, con el propósito de honrar a la dama de la que estaba enamorado. Se trata de uno de los más famosos pasos de armas de la Edad Media europea, y una de las muestras más fehacientes del entorno del Amor Cortés, puesto que, en realidad, los términos del paso quedaron fijados al entenderse el caballero "prisionero" del amor por la dama; en consecuencia, su rescate había sido fijado en trescientas lanzas, es decir, que para liberarse de su prisión, Suero de Quiñones, o los caballeros que le acompañaron como mantenedores, debían participar en cuantos combates fuesen necesarios hasta quebrar trescientas lanzas, pues sólo así finalizaría la "prisión" del caballero, simbolizada mediante una argolla de hierro que Suero de Quiñones llevaba al cuello todos los jueves. El lugar elegido para la celebración del paso fue el puente sobre el río Órbigo, a pocos kilómetros de Astorga y de la propia capital leonesa. De tal modo, y consecuentemente con los votos emitidos por el leonés, todo aquel caballero que cruzase el puente quedaba obligado a justar contra Suero de Quiñones, o bien contra alguno de los otros caballeros mantenedores del Paso.


8.- Inicio del Paso Honroso

Así pues, el 1 de enero de 1434, el propio Juan II de Castilla y el grueso de su corte regia, hospedados en Medina del Campo, recibieron una sorprendente visita: Suero de Quiñones, con traje militar de gala, armado con su arnés de campaña y con una argolla de hierro al cuello como muestra de la prisión que el caballero se había obligado a llevar todos los jueves del año hasta que no lograse su objetivo. A Suero de Quiñones le acompañaban en tan peculiar visita otros diversos caballeros, también armados y con ropas de gala: su primo Lope de Estúñiga, Diego de Bazán, Pedro de Nava, Sancho de Ravanal, Lope de Aller, Diego de Benavides, Gómez de Villacorta, Pedro de los Ríos y Suero Gómez, hijo de Alvar Gómez de Quiñones. Después de las reverencias de rigor ante el rey, la reina doña María, el príncipe de Asturias don Enrique, el maestre de Santiago, don Enrique de Aragón, y el poderoso condestable de Castilla, Álvaro de Luna; el faraute Avanguarda, de la corte castellana, fue el encargado de leer al monarca la extraña petición de Suero de Quiñones. Una vez finalizado el discurso, Juan II reunió a su consejo para deliberar y, finalmente, concedió al caballero la licencia que demandaba: establecerse, junto a sus compañeros, como mantenedor del paso en el puente del Órbigo, y librarse así de su amorosa "prisión".

Después de tomar la palabra en el estrado cortesano para agradecer al rey el permiso, los caballeros se pusieron inmediatamente manos a la obra. En primer lugar, tomaron ropas más apropiadas para la velada festivo-musical a celebrar en la corte de Juan II, después de la cual de nuevo el faraute Avanguarda, a instancias de Suero de Quiñones, se dispuso a leer el reglamento que había dispuesto para la cita. El punto principal se contenía en el reto que Suero de Quiñones y sus nueve acompañantes hacían a todos los caballeros de Europa (salvo las excepciones del rey Juan II y del condestable Álvaro de Luna, a cuyo servicio estaba Suero de Quiñones), reto que consistía en aceptar pasar por el puente y mantener un combate singular hasta llegar a la cantidad de lanzas impuesta como objetivo.


9.- Reglamento caballeresco del Paso

Dentro de los veintidós artículos o capítulos de que constaba el reglamento del Paso Honroso, además de estipular el correcto envío de la convocatoria, se daba a los aventureros las condiciones mínimas de seguridad, de manera que cualquiera de los que aceptasen el envite contaría con armas, caballos y ropas adecuadas a su honor. A cambio de ello, los caballeros que participasen en el paso no podían esconderse en el anonimato, sino que debían declarar, con limpieza, su nombre, procedencia y estado. Otro de los puntos importantes del reglamento, efectuado en casi todos los pasos para evitar en lo posible que antiguas rencillas alterasen el correcto funcionamiento, era que los aventureros no podrían elegir contra qué mantenedor justaban, salvo en el caso de haber roto previamente tres lanzas, en cuyo caso podría concedérsele la petición como premio a su demostrado arrojo caballeresco. También en cuanto a las garantías y seguridades, dos reputados y ancianos caballeros de la corte de Juan II, Pero Barba y Gómez Arias de Quiñones, fueron nombrados jueces del paso, con capacidad para aplicar el reglamento en toda su extensión, sanciones incluidas.

Uno de los capítulos más problemáticos era el referente al de los viajeros que pasasen por el lugar donde se celebraba el paso de armas. Téngase en cuenta que el puente sobre el río Órbigo, entre León y Astorga, estaba situado en una de las principales rutas del Camino de Santiago, la cual era utilizada por los peregrinos meseteños. Por eso, el reglamento establecía que cualquier caballero que se adentrase en el puente por culpa de la peregrinación sería liberado de la obligatoriedad de justar a cambio de que dejase, como prenda, una de sus armas y la espuela derecha, y también prometiera que no volvería a calzar espuelas hasta que no se encontrase en un aprieto de armas tan peligroso como el que había dejado atrás. El sentido de esta cláusula era doble: el primero, con referencia a la peligrosidad, era el de prestigiar la grandeza del Paso mediante la divulgación oral de todos los caballeros que cruzasen por el puente del Órbigo; el segundo, mucho más práctico, era el asegurarse que un gran número de caballeros, tras la visita a la tumba del Apóstol, regresarían al Paso para recuperar sus prendas y, de camino, quebrar unas cuantas lanzas, como efectivamente sucedió. El resto de artículos establecían diferentes premios, dádivas y compensaciones a los aventureros (por ejemplo, si se les hería un caballo, algo muy frecuente en tales lides), y finalizaba con una estupenda muestra del sentimiento amoroso de Suero de Quiñones para con su dama:

"Si la señora cuyo soy passare por aquel lugar [...] ningún cavallero nin gentilhombre fará por ella armas, sino yo, pues que en el mundo no ay quien tan verdaderamente las pueda fazer como yo."


10.- Preparativos e inicio del Paso

A los pocos días de enviar a todos los reinos peninsulares y europeos posibles la convocatoria del Paso, dieron comienzo los preparativos. En la narración de Pedro Rodríguez de Lena se advierte de que no menos de trescientos carros, tirados por un número incontable de bueyes, comenzaron a desplazarse hacia los bosques de Luna, Ordás, Valdellamas y otros concejos del dominio solariego de los Quiñones, con el objeto de traer hasta el puente del Órbigo la madera necesaria para realizar los cadalsos, las gradas, la liza y las lisonjas donde se celebrarían los combates. Para crear la estructura del Paso, fue necesario movilizar a prácticamente todos los carpinteros, herreros, sastres, bordadores, médicos, lanceros y escuderos de los alrededores. Una de las primeras muestras de la suntuosidad de los preparativos quedó establecida en la propia ciudad de León, a pocos metros del puente de San Marcos: una gran estatua de madera y mármol, colocada sobre idéntico pedestal marmóreo, representaba a un faraute cuya mano izquierda señalaba una dirección inequívoca, hacia el río Órbigo. La leyenda del cartel de madera no dejaba lugar a dudas: "por aý se va al Passo", para que ningún caballero tuviera pérdida, y también para que cualquier habitante del reino asistiese en calidad de público.

El sábado 10 de julio, cuando comenzaba el espectáculo, los mantenedores estaban preparados para su peculiar empresa. La descripción de Suero de Quiñones efectuada por Rodríguez de Lena es sumamente ilustrativa del momento:

"Salió en un cavallo fuerte, con paramentos azules bordados de la devisa e fierro de su famosa empresa [...] Sus calças eran de grana, italianas, y una caperuça alta de grana, con espuelas de rodete italianas, ricas, doradas, en la mano una espada de armas desnuda dorada. Llevava en el braço derecho, cerca de los morzillos, su empresa de oro, ricamente obrada, tan ancha como dos dedos, con letras azules alrededor, que decían:

Si a vous ne plaist de ouyr mesure, ('Si a vos no place tener mesura,
certes, je dy cierto, yo digo
que je suy que yo soy
sans venture." sin ventura.')


11.- Mantenedores y aventureros

El 10 de julio ya habían llegado también los primeros aventureros para enfrentarse a los mantenedores, es decir, a Suero de Quiñones y a sus compañeros. El primero de todos ellos fue un caballero alemán, Arnald von Rottenwald, que recibió por nombre, en la narración de Rodríguez Lena, la tan artúrica y adecuada traducción de Arnaldo de la Floresta Bermeja. Algo más posterior fue la entrada en escena de los dos primeros caballeros llegados del reino de Aragón, concretamente de Valencia: Johan y Pere Fabra, hijos de mossén Johan Fabra, señor de Chella. El alemán peleó con Suero de Quiñones, mientras que los valencianos lo hicieron con Lope de Estúñiga y Diego de Bazán. Otros dos nuevos aventureros valencianos, Pere y Francesc Daviu, y dos caballeros catalanes, Joan de Camoz y Bernat de Requesens, se unieron al Paso en los días siguientes, y justaron con Pedro de Nava y el propio Bazán.

Sin embargo, la entrada en liza más original correspondió a otros dos caballeros catalanes, Francí Desvalls y Riambau de Corbera, quienes enviaron un cartel de batalla a Suero de Quiñones en el que, bajo pretexto de que el Paso Honroso era un estúpido estorbo a los peregrinos que hacían la ruta jacobea, se erigían en defensores de éstos y se ofrecían, voluntariamente, a quebrar las trescientas lanzas en un sólo día, para que el camino quedase despejado. Esta afrenta al cumplimiento del voto amoroso del caballero leonés fue la causante de un sinfín de carteles de batalla cruzados entre mantenedores y aventureros durante los días sucesivos; cada réplica subía el tono de la anterior carta, e incluía combates singulares e individuales a todo trance (es decir, a muerte), entre los catalanes y Suero de Quiñones, o cualquier otro mantenedor que éste designase. Finalmente, Desvalls y Corbera llegaron al puente del Órbigo el 28 de julio, entre el profundo resquemor de los caballeros allí reunidos. En este punto, la utilidad del reglamento fue sumamente provechosa, puesto que de no existir, cierto es que el ambiente se debió parecer más a un deseado linchamiento que a una competición caballeresca. Sin embargo, los caballeros catalanes se atrevieron a ir solos al Paso Honroso, y Suero de Quiñones, cumpliendo escrupulosamente las normas, les obsequió con idéntico recibimiento, quizá algo más frío, que al resto de aventureros. Después de varias escaramuzas verbales, en la liza dirimieron los contendientes más deseados: Corbera rompió la lanza de Diego de Bazán, y Desvalls hizo lo propio con Lope de Aller, lo que contribuyó a viciar el ambiente un poco más contra los catalanes que, sin embargo, mostraron espléndidamente su capacidad guerrero-festiva. Quizá los acontecimientos hubieran acabado por precipitarse de no ser por un luctuoso suceso: la muerte, el 6 de agosto, de uno de los aventureros, Asbert de Claramunt, herido en la liza al partírsele en el yelmo la lanza esgrimida por el propio Suero de Quiñones. Con respecto al caballero, cabe decir que el obispo de Astorga, fiel a las leyes eclesiásticas vigentes (que no dejaron de prohibir constantemente este tipo de enfrentamientos), no permitió que Claramunt fuese enterrado en suelo sagrado. Tres días más tarde finalizaba el Paso Honroso sin que, ni por asomo, se lograse el número de trescientas lanzas quebradas (contaban todas, las de mantenedores y aventureros) que el caballero leonés había dispuesto como precio a su voto.

Por último, hay que señalar que el duelo desafiante entre Francí Desvalls y Riambau de Corbera, por un lado, y Suero de Quiñones y Lope de Estúñiga, por otro, continuó, mediante los acostumbrados carteles de batalla hasta el año 1436. Sólo la lejanía y, en el caso de Desvalls, la muerte, pareció acabar con las rencillas entre los belicosos catalanes y los orgullosos castellanos.


12.-Consideraciones sobre el Paso Honroso

El análisis real de lo acontecido en el Paso Honroso sitúa a este tipo de celebraciones en el justo lugar que merecen, por encima del ideal caballeresco, de la fastuosidad y aparatosidad de su realización, situación que obviaba las altas consideraciones éticas y estéticas del suceso. O quizá sería mejor decir, en vez de "por encima", "por debajo": a los diez mantenedores se opusieron un número total de sesenta y ocho aventureros, a pesar de lo cual las trescientas lanzas quedaron muy lejos de las ciento sesenta y siete quebradas realmente. El factótum del Paso, Suero de Quiñones, únicamente luchó contra cuatro caballeros, y el segundo caballero en importancia, Lope de Estúñiga, aunque superior a don Suero con diecisiete lanzas quebradas, quedó a gran distancia de Sancho de Ravanal, el mejor entre los mantenedores con sus treinta y tres. A pesar de todo, los jueces decretaron que el objetivo se había cumplido, y declararon a Suero de Quiñones libre de su voto, por lo que le liberaron también del rito concerniente a la argolla de hierro de los jueves. La dama podía considerarse honrada y el caballero triunfante, aunque a ojos de cualquier lector parece que, una vez más, aun en la lejanía de los tiempos, la estética impuso de nuevo su cruel ley sobre la ética.

Los mismos datos cuantitativos fueron utilizados por M. de Riquer para explicar un probable contenido político en la celebración del Paso Honroso; de los sesenta y ocho aventureros llama la atención, en principio, la ausencia de caballeros europeos (únicamente tres, si descontamos a los portugueses, más cercanos geográficamente que el resto). Tampoco los caballeros castellanos se mostraron muy proclives a tan magna celebración; por contra, la representación de aragoneses, catalanes y valencianos fue amplísima, lo que ha dado pie a Riquer para exponer que, en realidad, la masiva afluencia de vasallos de Alfonso el Magnánimo al Paso se debe a una especie de maniobra de sabotaje contra Suero de Quiñones. El enfrentamiento entre el condestable Álvaro de Luna y los infantes de Aragón (Enrique, maestre de Santiago, y Juan, duque de Peñafiel y rey de Navarra, hermanos del Magnánimo), encendidísimo durante la época, tendría, a juicio de Riquer, su contrapunto en las fiestas de Valladolid de 1428, organizadas por el condestable, que fueron, sin embargo, superadas por otro espectáculo, el Paso de la Fuerte Ventura, organizado por Enrique de Aragón. De ahí que Suero de Quiñones, a instancias del condestable, a quien servía y de quien era vasallo, organizase el Paso con el objeto de borrar de la memoria colectiva el triunfo de don Enrique. La respuesta aragonesa fue el envío masivo de caballeros al puente del Órbigo, "indiscutiblemente por afán de aventuras, de lucimiento personal, de ganar fama y prestigio en las armas, pero detrás de esa actitud existe cierto deseo de hacerlo fracasar". Todos estos matices, sin querer minimizar el impacto del ethos caballeresco, ofrecen el contrapunto preciso para situar idealización y realidad en el punto adecuado, y para valorar objetivamente la celebración del Paso Honroso.

En lo que respecta al Paso Honroso de Suero de Quiñones, si se aplican las ideas de J. Huizinga, queda bastante claro el componente literario que fundamentó también la realización del evento; sin embargo, en el particular contexto histórico peninsular hay un detalle, válido para el resto de Europa, que no conecta con la Baja Edad Media hispana: la añoranza por las aventuras contra un enemigo imaginario. El reino nazarí de Granada, durante casi todo el siglo XV, y el descubrimiento de América deberían haber bastado para que la artificiosidad de un juego en el que los caballeros exponían su vida fuese sustituido por la realidad, bastante más parecida a ese ideal que añoraban los habitantes europeos del contexto geográfico analizado por Huizinga. No hay mejor ejemplo que el inmortal Quijote para entender que, tal y como denunciaba Cervantes, las mismas narraciones, los mismos libros de caballerías y, en definitiva, el mismo espíritu mostrado por Suero de Quiñones continuaba vigente en la península durante los s. XVI y XVII, dos centurias más tarde de su plena configuración. Sin embargo, se ha de dar por bienvenido si, al menos, la denuncia sirvió para que la pluma cervantina alcanzase la cumbre de la literatura.

Esta unión del conglomerado literario con la vida nobiliaria se comprende mejor si se tiene en cuenta otra consideración: los dos principales mantenedores del Paso Honroso, Suero de Quiñones y, sobre todo, Lope de Estúñiga, destacaron en la época por sus composiciones poéticas. De don Suero se han conservado varias estrofas al más puro estilo de la lírica cortesana cancioneril, además de tener pruebas de su relación con don Enrique de Villena, uno de los más reputados literatos del siglo XV. Con respecto a Lope de Estúñiga, fue uno de los mejores poetas cancioneriles de la época, tanto en cantidad como en calidad de sus composiciones, además de destacar igualmente en el terreno de los desafíos caballerescos. Su devenir literario y cortés fue escrupulosamente analizado en un trabajo maestro por E. Benito Ruano, donde, de igual modo, la íntima relación literatura-realidad era puesta de manifiesto. Un último apunte con respecto a su labor poética es, aunque anecdótico, ilustrativo: aunque de pura casualidad, al ser el primer poeta representado, Lope de Estúñiga prestó su apellido a una de las compilaciones líricas más representativas del siglo XV: el Cancionero de Estúñiga.

Analizando más detenidamente, y ya en clave historiográfica, el objeto de estas líneas, como en otros tantos aspectos de la vida medieval, en el Paso Honroso de Suero de Quiñones se estableció una de las líneas maestras del comportamiento social de la nobleza como estamento superior: el uso de cualquier celebración festiva como excusa para mostrar una concepción representativa de la clase señorial como elite de poder. Para finalizar, nada mejor que la experta opinión de J. González Cuenca sobre el significado y alcance del acontecimiento al que debe su fama el brillante caballero leonés, en la que se condensan buena parte de los argumentos utilizados anteriormente:

"El paso honroso de don Suero Quiñones es un buen ejemplo de lo que significó el mundo torneístico para la sociedad que lo produjo: ejemplo de la aventura interior emprendida al dictado del ideal caballeresco, ejemplo de la convivencia ociosa de la nobleza, en forma de espectáculo y ejercicio deportivo, y ejemplo de la actividad pragmática, en lo político y en lo económico, de esa clase nobiliaria. Destacar en el torneo uno de esos aspectos frente a los otros dos es una decisión personal, producto de las propias querencias, gustos o ideologías."


13.- El relato del Paso Honroso

En su estampa cuarta de su Retablo Histórico del Puente de Órbigo, el cronista oficial de Hospital de Órbigo, D. Luis Alonso Luengo, nos relata "El Passo Honroso" de Suero de Quiñones.

Es Suero (segundón de la Casa de Leonesa de los Quiñones) quien ha tenido el gesto que hoy asombra al mundo y va a ser -no tardando- actor de la hazaña más alta de la caballería andante, aquí, en este escenario del puente de Órbigo, que, para ello, tan apresuradamente se prepara por los servidores de don Diego Fernández de Quiñones.

La cosa comenzó el día primero de enero del propio año de 1434. El Rey Juan II celebraba su sarao en su corte de Medina del Campo. El faraute cortó la fiesta, anunciando que un grupo de caballeros incógnitos armados de todas armas, pedía inmediata audiencia al rey. Se detuvo la danza; se abrieron cien ojos interrogantes, y entre el silencio de la Corte, entraron diez caballeros, brillantes de acero, como estatuas; cruzaron el salón y el faraute lanzó la grida de Suero de Quiñones, capitán del grupo.

Se hallaba el caballero prisionero de amor "por una muy fermosa señora", dueña de su albedrío, y había hecho boto de ayunar todos los jueves y colgar al cuello una argolla de hierro en señal de esclavitud. Pero deseaba la libertad, y había puesto precio a su rescate. A fin de conseguirlo pedía autorización al rey para alzar sus tiendas en el camino de los peregrinos de Compostela, en el lugar de la Puente de Órbigo, durante un mes, él y nueve mantenedores, contra todos los caballeros que acudieran, hasta romper trescientas lanzas, a razón de tres por caballero. Y para que cada dama que pasara rindiera su guante derecho, que perdería si no lo rescataba en lucha algún caballero, y, en fin, para que, rotas las lanzas del compromiso, se le declarara, por jueces sabidores en Leyes de Caballería, libre de su prisión de amor.

Un silencio profundo había seguido al pregón de Suero de Quiñones. Juan II, con su Consejo deliberaba. Luego otra vez la voz del faraute que, con su acento de cántico, rubricaba la autorización real y daba lectura, una a una, a las Ordenanzas que habían de regir como ley en el paso de armas que ya todos llamaban Honroso.

Y León, Rey de Armas, que, tomando en su mano el pergamino, con el desafío de Suero, prometía leerlo en "todas las Cortes de la Cristiandad por do andar se podía", y pregonarlo ante todos los reyes, duques y señores para que autorizaran a sus caballeros y vinieran a luchar en el lugar de la Puente de Órbigo.

Y ahora estos preparativos, alzando, junto al Puente, la liza donde han de luchar los caballeros; los cadalsos desde los que la nobleza y el pueblo, los jueces y los escribanos, han de presenciar los combates, y las veintidós tiendas, verdadera ciudad provisional, bajo cuyas telas, durante treinta días, se ha de mover una nube de caballeros y damas, de jueces y escribanos, de trompeteros y armeros, de coperos y capellanes, de médicos y albigüistas, de enfermeras y dueñas de estado....

Es el 11 de julio de 1434. Ya está la liza concluida. Entre los dos brazos del río, cara al Puente, se alza el portón principal, prolongado de banderines y florituras góticas. Del Cadalso de los jueces pende el Paño Francés: largo tapiz, donde se han colgado las espuelas de los aventureros que han llegado ya para combatir y que se les devolverán -prenda de honor- una vez que realicen sus combates. Los demás cadalsos, de la nobleza y del pueblo, abarrotados de gentío, revientan de griterío y color.

Dalmao, trompetero mayor del rey, sale a la liza y eleva al aire la trompeta con agudos metálicos de clarín. Se hace un silencio profundo, y bajo el arco que sostiene el blasón de los Quiñones entra en la arena el más espectacular cortejo que pudo soñar la caballería y que va siendo subrayado con ovaciones por la multitud.

Filas isócronas de pajes redoblando parches; el rodar de un carro con las lanzas de las justas, con un copete donde va dando trinchas un enano bufón; unos tras otros, a distancia de respeto entre sí, los nueve caballeros mantenedores: Lope de Estúñiga, Diego de Bazán, Pedro de Nava, Suero Gómez, Sancho Rabanal, Lope de Aller, Diego de Benavides, Pedro de los Ríos, Gómez de Villacorta, y al final Suero de Quiñones, con guardia de caballeros de Castilla, que, en señal de acatamiento, van a pie y llevan las riendas de sus caballos. Detrás, tres pajes de la Casa de los Quiñones, a caballo, con espada desnuda, almetes a manera de árboles y gualdrapas de martas cibellinas.

El cortejo da dos vueltas a la liza; luego se detiene. Suero de Quiñones, hecho el silencio por los trompeteros, se aúpa en el caballo y se dirige a los jueces. Desde el cielo cae la noche caliente y estrellada. El Passo Honroso de Suero de Quiñones está abierto a todos los caballeros del mundo.
12 de Julio a 10 de Agosto de 1434. Rápido deslizarse de escenas y estampas de movido color. Una, dos, cinco, treinta lanzas rotas.... Choques de caballeros, lanza en ristre, como brillantes estatuas ecuestres en bronce. Los jueces dan a cada combate su veredicto. El escribano escribe...9 de Agosto.

Atardecer sobre el Puente y la liza. Se acaban de desarrollar las últimas justas del Passo; aquella de don Juan de Portugal, caballero grueso torpe y parlanchín, que llegó con un cortejo de músicas y pajes y a cuyo caballo, tan pesadote como su dueño hubo que "embeodar con vino" para que acometiera, y esta de Carrion y Rabanal, que ya a nadie interesa.

La gente espera con impaciencia el momento, que ya llega; éste de vitorear al capitán del Passo, que ahora, en la liza, está con su cortejo el mismo cortejo del día de la apertura, y por el mismo orden, con sus trompeteros, caballeros y pajes, para una vez hecho el silencio, pedir a los jueces que declaren cumplidas las justas, y a él y a sus mantenedores libres de la prisión de amor.

Se han dado fin a los treinta días señalados para el Torneo. Y en gracia a ello, si bien no se han roto más de 166 lanzas, los jueces dan por rotas las 300 y por cumplidas las condiciones. El rey de armas y el faraute bajan a la liza. Desmonta Suero, y se inclina ante ellos, que ceremoniosamente extraen la argolla de hierro del cuello del capitán.

Estalla otra ovación en los cadalsos. Los jueces, con larga rúbrica firman las actas, que, extendidas por el escribano Pedro Rodríguez de Lena, dan fe de cuanto en el Passo ha acaecido. Y se despachan cartas para el rey. Y se encienden luminarias de júbilo para que dance la muchedumbre.

A la mañana siguiente, 10 de Agosto, se alzan las tiendas, y Suero y sus mantenedores, cruzando el Puente, toman por Santa María de Carrizo comino de León. Atrás quedó Hospital, los peregrinos pasando y los capellanes hospitalarios cuidando de los enfermos. Atrás quedó el Puente, testigo de tan grande hazaña, y que desde hoy se llamará para siempre el Puente de Passo Honroso.


14.- El Monolito

El 9 de Agosto de 1951 se restaura el puente del Òrbigo y se coloca este monolito conmemorativo del más famoso hecho de armas de la Edad Media. Sobre la piedra, quedan reseñados los nombres de todos los caballeros que, en unión del mantenedor don Suero, rompieron las 300 lanzas a las que se comprometió el hijo del Conde Luna. Y estos fueron:

* DON SUERO DE QUIÑONES
* Lope de Estúñiga
* Diego de Bazán
* Pedro de Nava
* Suero Gómez
* Sancho de Rabanal
* López de Aller
* Diego de Benavides
* Pedro de Ríos
* Gómez de Villacorta.

Ni que decir tiene la importancia y la resonancia que en el siglo XV tuvo esta hazaña de Caballería. Pensemos sólo que, hasta Cervantes en "Don Quijote de la Mancha" hace mención a este hecho de armas: "...digan que fueron burlas las Justas de Suero Quiñones del Passo, las empresas de Luis de Faces contra don Gonzalo de Guzmán, caballero castellano, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos, tan auténticas y verdaderas, que torno a decir que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso". Eso decía don Quijote al referirse al caballero leonés.

Llegaron caballeros de todas las partes del mundo cristiano. En los 30 días que duran las justas, pelean, con los 10 mantenedores, ni más ni menos que 68 aventureros, franceses, italianos, portugueses, alemanes, españoles,... Berrueta nos dice que "unos venían impulsados por el humor caballeresco, otros por la envidia, algunos por el odio y alguno por el deseo de acabar con la vida de don Suero, el caballero siempre noble y bueno...". Pasan damas de alto linaje que para rescatar su guante hacen penar y padecer a sus caballeros, que deben luchar para recobrarlo. Pasa don Gutierre de Quijada, que años más tarde, matará a don Suero y así vengará su odio hacia el joven Quiñones.

Transcurren los días entre fiestas y torneos sin que nadie sufriera daños. La poderosa familia de los Luna no reparó en gastos para que su paladín, don Suero pudiera realizar la más grande hazaña de caballería que conocieran aquellos tiempos... y surge la tragedia: al llegarle el turno al caballero aragonés Esberto de Claramonte, la lanza de don Suero Gómez "entrole por el ojo hasta los sesos..." matándole en el acto. Fue el único hecho luctuoso del Passo. Todo esto y mucho más representa este monjón, que parte el Puente y en el que se puede leer la siguiente leyenda :

Por rescate de la prisión en que su señora le tenía
Y con codicia de fama durable
Concertó con nueve caballeros más
Defender el Paso Honroso junto a este puente
Rompiendo lanzas contra más de4 setenta caballeros
Qu8e al camino de romería del Apóstol Santiago
Llegaron de Castilla, de Aragón, de Cataluña,
De valencia, de Portugal, de Bretaña,
De Italia y de Alemania.

Los diez mantenedores fueron:

SUERO DE QUIÑONES
SANCHO DE RAVANAL
LOPEZ DE ESTÚÑIGA
LOPE DE ALLER
DIEGO DE BAZAN
DIEGO DE BENAVIDES
PEDRO DE NAVA
PABLO DE LOS RIOS
SUERO HIJO DE ALVARGOMEZ
GOMEZ DE VILLACORBA

XII DE JULIO AL IX DE AGOSTO DE MCDXXXIV


14.- Paso de la Fuerte Ventura (1428)

Paso de armas celebrado en Valladolid, entre los días 18 y 24 de mayo de 1428, a instancias del infante Enrique de Aragón, maestre de Santiago, con motivo de honrar la presencia en la ciudad castellana de la infanta doña Leonor, su hermana, hija de Fernando de Aragón, que hizo una pequeña parada en Valladolid durante su viaje hacia Portugal, donde iba a contraer matrimonio con el príncipe Duarte, heredero del trono luso. Esta celebración, en plena afinidad con los elementos constitutivos de los pasos de armas, debe su nombre a un castillo construido de madera y tela, escenario donde se desarrollaron los combates, en el arco de cuya entrada se encontraba la siguiente leyenda: "Este es el arco del pasaje peligroso de la Fuerte Ventura".


15.- Preparativos del Paso

Aunque más adelante se verá que la organización del paso de armas, y del resto de celebraciones cortesanas, tuvo bastante más contenido del que parece, el punto principal de la narración ha de partir, como es lógico, de la llegada de la infanta Leonor a Valladolid, el 29 de abril de 1428, acompañada de un séquito cortés en el que, además del citado infante don Enrique, también se encontraba el hermano de ambos, Juan de Aragón, duque de Peñafiel y rey de Navarra. El rey de Castilla, Juan II, a la sazón primo y cuñado de los tres Trastámaras aragoneses, salió a recibir a la comitiva pocas leguas antes de que ésta llegase a Valladolid, acompañado de su favorito, el condestable Álvaro de Luna, ínclito enemigo de los infantes de Aragón en virtud de sus distintos puntos de vista sobre el gobierno de Castilla, donde Enrique y Juan contaban con extensos patrimonios territoriales y un alto grado de prestigio entre la nobleza del reino, sobre todo los igualmente disconformes con la política del condestable. Parece, sin embargo, que la ocasión estuvo presidida por la concordia entre ambas partes, quienes habían firmado recientemente una reconciliación (el 30 de enero de 1428) en virtud de la cual el condestable puso fin a su destierro y se reintegró en la corte, con la aquiescencia de sus enemigos aragoneses. Quizá por esta razón don Álvaro dispuso todos sus medios económicos y de gestión para obsequiar a la infanta Leonor con una justa caballeresca, en arnés real (es decir, en la que sólo los grandes caballeros nobiliarios podían participar), celebrada en la propia capital vallisoletana el día 2 de mayo de 1428.

Como una reconciliación es bastante distinta que una paz duradera, los infantes de Aragón, aunque honrados por el gesto de su enemigo político, decidieron llevar a la práctica una mayor demostración de poder y prestigio, espoleados, sobre todo don Enrique, por el éxito de la justa del condestable, y tratando de minimizar los efectos de ésta. Así, durante los días inmediatamente posteriores, varios criados, albañiles y carpinteros del séquito aragonés, dirigidos por un maestro de origen lombardo al servicio de don Enrique, comenzaron a construir los paramentos necesarios para elevar, en la Plaza Mayor de la ciudad, un castillo de madera y tela, con varias torres de defensa, ricamente ornado y decorado, incluso con farautes, heraldos y damas de imitación, que recibió el nombre de Castillo de la Fuerte Ventura por la citada inscripción que acompañaba al arco de la puerta principal. Es de suponer que los habitantes de la ciudad, o los desplazados a las fiestas, asistirían atónitos a esta construcción, y contribuirían con ello a uno de los efectos predilectos que la nobleza pretendía al realizar los pasos de armas: deslumbrar, mediante el efecto combinado de riqueza y poder, al pueblo, al mostrar una representación efectiva de su status social privilegiado como elite de poder.


16.- Desarrollo del Paso y fiestas siguientes

El festejo comenzó el 18 de mayo de 1428, cuando el infante Enrique llegó a la Plaza desde las afueras, acompañado de una comitiva de ocho damas a caballo, detrás de la cual venía otra dama, designada como "diosa" del Paso, a la que acompañaban otras doce damas rodeadas de músicos y poetas. La diosa fue entronizada y los caballeros de uno y otro bando, es decir, mantenedores (que defendían el paso) y aventureros (que justaban para pasar), se prepararon para el comienzo de los combates. La narración del episodio por uno de los presentes, Pedro Carrillo de Huete, halconero mayor de Juan II de Castilla, designado como uno de los jueces del Paso, desglosa el inicio de tan caballeresco inicio con extrema pulcritud, especialmente el desafío entre mantenedores y aventureros:

"En la fortaleça avía muchos gentiles omes, con unas sobrecotas de argentería, de la librea que el señor ynfante avía dado [...] E salían luego de la fortaleza una dama encima de una facanea e un faraute con ella, e dezía:- 'Cavalleros, ¿qué ventura vos traxo a este tan peligroso passo, que se llama de la Fuerte Ventura? Cúnplevos que vos volbades; si non, non podredes pasar syn justa'. E luego ellos respondían que para ello eran prestos."

Después de la escenificación de este entremés cortesano, el infante Enrique y cinco caballeros aragoneses justaron contra otros tantos aventureros, entre ellos el rey de Castilla. Curiosamente, en uno de los lances fue herido don Enrique, derribado por una lanza que le dio de lleno en la parte posterior del yelmo, demostrando con ello que el riesgo del Paso era de primera magnitud. Nuevamente, en el mismo escenario, el día 24 de mayo tomó el relevo como mantenedor su hermano, el rey de Navarra Juan II, y justó con cinco caballeros navarros. Como colofón al Paso, y después de su deslumbrante puesta en escena, Juan II de Castilla quiso sumarse, modestamente, al ritual festivo caballeresco, ofreciendo a su prima doña Leonor una justa de arnés real en la que, nuevamente, la parateatralidad de las celebraciones lúdico-militares se puso de manifiesto. Así, Juan II venía con doce caballeros (entre ellos el famoso aventurero Pedro Niño, conde de Buelna), en una representación que figuraba ser Jesucristo con los doce Apóstoles. Sus primos, los infantes de Aragón, también participantes en la justa, y no se quedaron atrás en ornato, parafernalia y magnífica suntuosidad. De nuevo Pedro Carrillo de Huete dibuja unas pinceladas maestras para la ocasión:

"Venía el rey don Juan como Dios Padre, y luego doze cavalleros como los doze apóstoles [...] E todas sus cubiertas de los cavallos de grana, e dáragas [sic, por 'adargas'] bordadas, e unos rrétolos que dezían: lardón. Así que bien entendida la invención [...] E don Enrique venía luego con doze cavalleros, todos por orden uno delante otro, los seys sus sobrevistas de llamas de fuego e los otros seys todos cuviertos de fojas de moral [...] E el rey de Navarra don Juan venía en una rroca metido, encima de un cavallo, e encima de la rroca un ome con un estendarte, e cinquenta cavalleros, todos armados en arnés de guerra, que yban guardando la rroca, los veynte y cinco delante e los otros detrás, e otros lançando truenos, a pie, de fuera de la rroca."

El desarrollo del Paso de la Fuerte Ventura, y también de todos los banquetes, danzas, músicas y festejos adyacentes, mantuvo a la ciudad de Valladolid entretenida durante más de un mes, si contamos con que el condestable Álvaro de Luna, al ver que sus rivales políticos habían superado con creces la magnificencia de su inicial justa, no quiso despedir a la infanta Leonor sin ofrecer, entre el 9 y el 10 de junio, un nuevo torneo entre dos bandos de cincuenta caballeros, vestidos de blanco y rojo para diferenciarse. La rivalidad política, como se verá a continuación, también salpicaba, en la convulsa Castilla del cuatrocientos, hasta los momentos de ocio del estamento social superior.


17.- Significación política del Paso

Como se ha indicado al comienzo, a la hora de buscar una motivación política para la celebración del Paso de la Fuerte Ventura quizá haya que destacar las continuas hostilidades entre el condestable Luna y los infantes de Aragón. Al autoritarismo regio que propugnaba don Álvaro, siempre que el poder recayera en su manos, lógicamente se oponía un concepto más participativo en los asuntos de poder, facción que encabezaban los infantes aragoneses. Sin embargo, estos componentes apriorísticos debidamente matizados ofrecen más una versión engrandecida de las luchas entre distintos bandos nobiliarios que, a la postre, fue la situación de Castilla durante el reinado de Juan II, que a la confrontación entre dos ideales de gobierno. Al profundizar en el contexto histórico del Paso, las sucesivas victorias del condestable Luna (tras el Secuestro de Tordesillas de 1418, cuando liberó a Juan II de la prisión a que había sido sometido por su primo Enrique de Aragón), o de los infantes de Aragón (en 1427, cuando sancionaron un destierro del condestable durante año y medio), quedaron en un pírrico empate, firmado a raíz de la concordia de 1428 que contextualiza las fiestas vallisoletanas. En este sentido, es posible que las ganas de desquite por ambas partes hicieran posible la fastuosidad del Paso de la Fuerte Ventura, ofrecido sobre todo por Enrique de Aragón para deslumbrar al condestable (y al reino de Castilla entero) con su riqueza y poder.

Un poco más allá de esta cuestión, y siguiendo los estudios de Martín de Riquer sobre el concepto de caballería y fiestas medievales, el Paso de la Fuerte Ventura se halla, asimismo, en íntima conexión con el que habría de ser el gran paso de armas del medioevo hispano: el protagonizado, seis años más tarde (1434), por el caballero leonés Suero de Quiñones. Para Riquer, detrás de la caballerosa e idílica empresa de Quiñones, que se encontraba ligado al condestable Luna mediante vínculos militares y formaba parte de su comitiva bélica, se encuentra un estímulo proporcionado por don Álvaro con el objeto de que la suntuosidad del paso vallisoletano quedase en el olvido. A tal efecto, también señala Riquer que la masiva afluencia de caballeros del reino aragonés al puente sobre el río Órbigo, lugar de celebración del Paso Honroso, se debió a que catalanes, valencianos y aragoneses, apercibidos de la intención, intentaron sabotear la correcta realización de la empresa amorosa y caballeresca de Suero de Quiñones que, en virtud de estos razonamientos, ofrecería como resultado una nueva victoria, propagandística y sociológica, pero victoria al fin y al cabo, del condestable Luna sobre los infantes de Aragón.

Aunque lejos de desbaratar las conclusiones de tan eminentes investigadores, la ocasión es propicia para objetar que, sin embargo, sí hay cierta tendencia a explicar los avatares de la historia peninsular del cuatrocientos, también en sucesos festivos como los pasos de armas, en virtud de una constante oposición entre Aragón y Castilla, última estación obligatoria para todo acontecimiento analizado del siglo XV por la historiografía más reciente. Con respecto al Paso de la Fuerte Ventura, en concreto, y también a su relación con el de Suero de Quiñones, el propio ideal caballeresco que daba cuerpo a estas celebraciones puede bastar para explicar tan fastuoso despliegue de medios. Si el infante Enrique quería impresionar a don Álvaro, no es menos cierto que, de igual manera, también quería hacerlo con el resto de nobles de ambos reinos, por lo que cabe preguntarse en qué medida se estaba "atacando" al condestable Luna, y si este ataque se hacía por ser quien era o, simplemente, porque también pertenecía al estamento al que se quería deslumbrar. El mismo razonamiento a la inversa se puede aplicar en el caso del Paso Honroso, por lo que, sin entrar en este tipo de consideraciones políticas, parece más plausible destacar la importancia sociológica que los espectáculos de divertimento nobiliarios (como justas, torneos y pasos de armas) tenían en todos los aspectos de la época, esencialmente en términos propagandísticos, mediante los cuales la nobleza mostraba claramente su poder y preeminencia social, así como las razones que la llevaban a detentar tan alto estado en el organigrama social del reino.


18.- Significación literaria del Paso

En cuanto a los componentes literarios, claves para entender el ideal caballeresco imperante en la Baja Edad Media, varias lagunas en las fuentes impiden saber con certeza si el castillo de la Fuerte Ventura fue, como parece ser, una refundición de tópicos literarios, o bien si respondió a algún modelo más concreto. La referencia al arco, por supuesto, se deja identificar bastante bien con el "arco de los leales amadores", una de las pruebas que Amadís de Gaula y su amada, Oriana, tuvieron que superar para hacerse con el señorío de la Ínsula Firme. El influjo de las novelas de caballerías en los pasos de armas fue notable, y parece lógico que la más famosa y la de mayor difusión, el Amadís de Gaula, hubiese prestado este episodio para la realización del paso. Sin embargo, también existen otros elementos de las narraciones del ciclo artúrico susceptibles de haber sido tomados como modelos de la fortaleza en cuestión, como ocurre con Escalón el Tenebroso, la fortaleza liberada de su maleficio por otros dos estereotipos caballerescos sobradamente conocidos: Lanzarote del Lago y Sir Yvaín, hijo de Urién y sobrino del rey Arturo. Fuese cual fuese el modelo tomado, la imitación de la literatura en la vida nobiliaria del s. XV tiene en el Paso de la Fuerte Ventura uno de sus puntos de inflexión más acusados.

Más allá de esta significación, y también emparentada con los elementos literarios, está la relación entre el Paso de la Fuerte Ventura y, en general, las celebraciones del año 1428, y las inmortales Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. Estudiosos de la literatura medieval, como Francisco Rico, no han dudado en señalar que la suntuosidad de los festejos analizados en estas líneas subyace detrás de las estrofas en que, bajo el recurso lírico del ubi sunt?, Jorge Manrique desvela las dos caras del ideal caballeresco, mostrando lo que, en palabras de J. Huizinga (op. cit., p. 149), era "la miseria pomposamente disfrazada y la falsedad de semejante vida de guerra y de torneos". La decadencia tardomedieval, esa época otoñal cuyas grandezas y miserias quedaron extraordinariamente retratadas en la obra del historiador holandés, cuentan con uno de sus más bellos epitafios en los versos de Jorge Manrique, rendido primero al fulgor y brillantez del Paso de la Fuerte Ventura pero que, en virtud de ese mismo otoño, certifica el triste reverso de las luces festivas medievales con su habitual maestría poética:

"¿Qué se fizo el rey don Juan? ¿Qué se hizieron las damas,
Los infantes de Aragón sus tocados, sus vestidos,
¿qué se hizieron? sus olores?
¿Qué fue de tanto galán, ¿Qué se hizieron las llamas
qué fue de tanta invención de los fuegos encendidos
como traxieron? de amadores?
Las justas y los torneos, ¿Qué se hizo aquel trobar,
paramentos, bordaduras las músycas acordadas
y cimeras, que tañían?
¿fueron sino devaneos, ¿Qué se hizo aquel dançar?
qué fueron sino verduras ¿Y aquellas ropas chapadas
de las eras? que traían?"

 

© Pedro Adolfo Rodríguez Díaz. Enero 2002