José Ignacio Villar Soto

Aunque dicen que segundas partes nunca fueron buenas, este que sigue no creo que pueda ser considerado como una segunda parte aunque sí una continuación, a esa primera colaboración
Cruces Rojas

 

 

En la primera colaboración intentaba aportar un poco de luz en la controvertida iconografía templaria dentro del modelismo, al tiempo que iniciaba un proceso de duda personal. ¿Era todo tan rígido como marcaba la regla? ¿Y los confreres ? Esa duda me condujo a busca nueva bibliografía regateando la presencia de publicaciones magúficas ( es decir esotéricas ).

Afortunadamente llegaron a mis manos dos obras:

  • Andres Beck : “El fin de los templarios. Un exterminio en nombre de la legalidad” ed Península 1996
  • Alain Demurguer: “Auge y caída de los templarios” Ed.Martinez Roca

Estas obras además de aportar más datos históricos me acercaron algo que como miniaturista me era útil: imágenes de época, bien frescos o bien miniaturas. No todo va a ser buena suerte, las fotografías son todas en blanco y negro, por lo que se tuvo que desarrollar una labor de interpretación.

El origen de la mayoría de las pinturas es francés, lógico si recordamos que está fundada por caballeros franceses. Tampoco eso quiere decir que sean las mejores. Por lo tanto el armamento, dotación así como equipo de combate va a estar muy marcado por la “moda” francesa desde sus orígenes y evolucionando a la par de esta. Y como también se hace obvio los templarios adoptarían todas las innovaciones militares que apareciesen a lo largo de su historia, siempre eso sí ajustándose a los preceptos de la orden.

A lo largo de las representaciones que he podido encontrar, para colmo de puristas la misma cruz adquiere diferentes formas pero eso sí siempre (y me permito esta aseveración ) roja. Su posición en la sobrevesta, no ha de estar necesariamente centrada pudiendo lucirse de menor tamaño sobre el lado izquierdo del pecho. Por este motivo quisiera hacer una llamada de atención a este respecto, las representaciones pictóricas aún siendo una referencia válida, no han de ser tratadas como dogma de fe, y tener ciertas reservas sobre las mismas y más en este caso en que juega la interpretación personal del firmante en colores y composición de los mismos.

Tanto caballeros, sargentos dentro de su equipo contaban con otros elementos identificativos además de la sobrevesta. Estandartes, lanzas, cascos y escudos se convierten en combate en rápidas referencias visuales. Como todo caballero o soldado a servicio del mismo lucen en ellas su escudo de armas campo en sable jefe en argén con cruz templaria en gules sobre el jefe ( parte superior en blanco la inferior en negro y cruz roja. Esto no descarta otras posibles representaciones.

Para estandartes, pendones (baussant) y gallardetes en las lanzas al contrario de lo que se podría suponer los campos se disponen respecto a un eje transversal al lienzo no longitudinal. Con lo que la distribución de los colores quedarían el argén (blanco) junto al hasta y el sable (negro) hacia el exterior, en el campo blanco aparecería la cruz templaria. Pero... Si el “pero” está en alguna representación en que el gallardete es completamente blanco o lo que se supone en negro. El mismo esquema de distribución de colores es válido para las gualdrapas de las monturas, según las referencias encontradas.

Es curioso como en varias de las pinturas encontramos caballeros templarios así identificados por la presencia de la cruz del temple, hábito blanco pero luciendo en los escudos lo que podría ser el escudo familiar. Esta mezcla de elementos lleva a pensar que los representados son los confreres, hermanos con unos votos temporales a los cuales no se les exige el cumplimiento entero de la Regla y se les permitía ciertas licencias en vestido y armas, pero que en combate debían llevar la capa blanca con la cruz roja en lugar visible.

 

Siempre la cruz roja en estandartes escudos, pero como en las pinturasde San Bevignate de Perusa en Italia y datadas en el siglo XIII, también en los cascos, en concreto en el chapeau de fer. O en otras pinturas en cascos cilíndricos precursores de los yelmos, o los cónicos con protector nasal costumbre esta de pintar los cascos ya utilizada por los normandos. Y aquí se puede entrar en el campo de la hipótesis sobre esta costumbre bien con una función identificativa bien como una forma de matar el brillo del metal y ocultar al portador de ser visto por el enemigo.

Llegado a este punto algunas de las representaciones nos invitan a pensar en una representación aproximada de lo que podría ser un confrere, al fin y al cabo un hermano con un compromiso temporal con la Orden. Del balance de las obras vistas no se puede deducir un patrón concreto, pudiendo existir varias combinaciones desde el vestir hábito blanco y lucir en combate el escudo de armas familiar y este con una cruz templaria sobre él, a llevar sólo la capa blanca y gallardete en lanza y el resto del equipo sea el propio del caballero. Pero lo que sí se puede deducir que nunca lucían el hábito completo de la Orden, por ese carácter de hermano “ a medias”.

 

Sobre armamento creo que hay buenas publicaciones sobre el tema y no considero oportuno en redundar en el mismo, pues a lo largo de la vida de la Orden, a pesar de la rigidez de su regla, se observa que en los aspectos más pragmáticos se adapta a las corrientes de la época, como es la contratación de turcópolos, expertos en el manejo de armas y tácticas orientales y que transmitirían parte de sus conocimientos a los hermanos.

Como conclusión a esta colaboración primero agradecer al lector anónimo la lectura, y críticas que pueda aportar. En segundo lugar pedir disculpas por jugar con la interpretación de unas pinturas desde fotografías en blanco y negro. Y finalmente animar al miniaturista a sumergirse en la historia, no de los hechos sino de los hacedores, hará que las miniaturas tendrán más vida y valor. Gracias

 

En un ejercicio de libre interpretación de las pinturas he tratado de reconstruir parte del equipo de los templarios (panoplia).

 

 

 

 

Infografía realizada por José Ignacio Villar
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© José Ignacio Villar Soto. Marzo 2002